El ornitorrinco

Mi abuelo

Cuando era niña viví con mis abuelos maternos. Durante gran parte de mi infancia desayunaba con mi abuelo antes de entrar a clases, en un Sanborns que se encontraba en la esquina de mi escuela. El olor a café y el sonido de los cubiertos fueron parte de mi formación, junto con los relatos que un hombre de setenta años le contaba a una niña de siete.

Mi abuelo fue testigo de la caída de mis dientes, de mis enfermedades psicosomáticas para evitar ir a la escuela los lunes, de mis lágrimas ingenuas y rozagantes, de mis moños de proporciones gigantes, de mis lentes redondos y de mis ganas de descubrir el mundo. Él sabía quién era yo y yo sabía quién era él. Tuvimos una complicidad generosa y llena de vida.

Mi abuelo era un personaje peculiar y auténtico. Por las tardes convertía su tiempo libre en armar aviones, barcos y coches. Recuerdo su ropa constantemente manchada de pintura blanca y amarilla. Los fines de semana usaba el mismo chaleco cubierto de bolsas de muchos tamaños, casi siempre vacías. La felicidad de mi abuelo era simple pero condimentada. Le hacía muy feliz comer aceitunas negras con aceite de oliva y vinagre balsámico. Pero también lo satisfacía una taza de agua caliente con un cubo de caldo de pollo. Mi abuelo se abrazaba solito cuando algo le gustaba mucho. Mi abuelo nos hablaba como pato, tomaba una siesta después de comer y tenía un pequeño refrigerador en su cuarto lleno de yogures de cereza y gelatinas de limón.

Mi abuelo y yo fuimos felices. Fui parte de su humanidad y él fue parte de la mía. Extraño mucho a mi abuelo. Nunca minimizó mis sueños o mis frustraciones, mucho menos mi forma de despedirme de la infancia, aunque eso representara despedirnos nosotros un poco. Creyó en mí desde que mi sueño era ser mesera del Sanborns de la esquina de mi escuela. Jamás me dijo que mi sueño era corto y yo larga. No menospreció mis ganas de ponerme una falda colorida y folclórica. Él entendía que de niña me rodeaban los grises. Me gustaría decirle a mi abuelo que ahora me pasa lo contrario: me visto de colores grises y me rodeo de momentos folclóricos y coloridos. Si mi abuelo viviera, podría estarlo abrazando y no escribiendo. Si mi abuelo viviera, me gustaría contarle que tenerlo cerca fue lo que me hizo persona. Recordarlo es mi viaje emocional favorito, porque cuando vuelvo de él, me dan ganas de acercarme al mundo. Y me levanto y camino. Esa parte de mí es suya. De nadie más. Por eso pienso tanto en él, porque me gusta darme otra oportunidad.