El ornitorrinco

Mi abuela

I. Mi abuela Emma y yo teníamos un gran secreto cuando era niña: decíamos groserías en voz bajita y reíamos a carcajadas conforme crecían nuestras palabrotas. Jugábamos a romper las reglas y a burlarnos del mundo. Comenzábamos con un inocente "bruto" y terminábamos pincheando y pendejeando de la manera más sabrosa. Qué rico se sentía desafiar la propiedad. Nos convertíamos en cómplices de rebeldía. Confrontábamos la represión y nos olvidábamos de la censura. ¿Para qué? Para liberarnos. Porque había que rescatarse de una sociedad apretada. Frígida. Insatisfecha. Necesitábamos recurrir a un vocabulario prohibido para describir lo evidente. Para decirle pendejo al pendejo. Puto al puto. Y culero al culero. Así de feo. Así de honesto. Recuerdo haber cubierto en varias ocasiones mi cara con las manos y sonreír de placer y culpa al mismo tiempo. Enrojecer de vergüenza y satisfacción. Naturalmente las palabrotas se encogían y nos conducían a platicar de otras cosas. Dejábamos de andar de puntitas por el lenguaje y caminábamos de regreso a la normalidad. Tal vez por eso ahora amo las palabras tanto como amo a mi abuela. Aprendí a expresarme libremente gracias a ella. Supe distinguir, desde muy pequeña, la diferencia entre una grosería y un insulto. Modulé mi voz, mis pensamientos y mis intenciones. Supe cuándo, cómo, dónde y con quién. Hoy sé que para ser cínico hace falta una alta dosis de prudencia. Entendí que para expresarse con libertad se requiere responsabilidad. Para ser rebelde se requiere compromiso. Y para ser feliz se requiere de una abuela.

ll. Mi abuela se encontraba recostada sobre su cama. Mi tío Luis, a su lado, leyéndole La tregua de Benedetti. "¿Le sigo?", preguntaba cada vez que ella cerraba los ojos. Inmediatamente los volvía a abrir reafirmando su atención a las aventuras de Martín Santomé y Laura Avellaneda. De fondo, la novena de Beethoven. Esa última e inolvidable escena se pasea por mi memoria para recordarme lo maravillosa que era mi abuela. Y es un momento tan nuestro, tan familiar e íntimo, que lo uso como amortiguador cada vez que la extraño. No le rindo tributo al tiempo, ni me interesa contar los días que llevo sin ella. Sólo sé del dolor que decidí guardar en el pasado para utilizarlo como analgésico en el futuro. En un futuro que ya me alcanzó. En un futuro que cabe en este momento, donde con mucha nostalgia escucho el Himno a la Alegría. Porque no se puede describir mejor cómo se siente recordar a alguien que se ganó la inmortalidad.