El ornitorrinco

Frío

Nací en invierno, me pregunto si tiene eso algo que ver conmigo. El invierno en mi ciudad no es especial, la mayor parte del año hace frío, el mismo frío. El invierno es una etapa en la que podemos verbalizar nuestras quejas, errores y justificaciones. Podemos, incluso, hacer propósitos para el próximo año. Porque nos estamos despidiendo de algo. O de alguien. De un yo anterior que sabemos no volverá. No hay camino de regreso cuando pensamos, no hay retorno cuando sentimos, y no hay reversa en lo que hacemos.

Nací al final del año, en el cierre, en la despedida. Sé que eso sí tiene que ver conmigo; con mi nostalgia y mi estrecha relación con el pasado. No es difícil reconocer a un nostálgico: siempre lleva una nube en la cabeza, neblina en las emociones y lluvia en los pensamientos. Me atrevo a decir que el invierno lo llevo en el frío de mis manos. Manos torpes que no saben tocar, coordinar ni acariciar. Manos aferradas, angustiadas, duras, pesadas. Manos de lunares rojos y cicatrices blancas. Manos débiles si entibian. Manos desesperadas.

Crecí con la necesidad de ser escuchada. Debe ser algo complementario a la necesidad de mi madre por escuchar mi primer llanto. Ese primer llanto tan ruidoso, tan ajeno, tan desconocido. He llorado muchos primeros llantos; el de la decepción, el del desamor, el de la frustración, el del lamento, el del dolor, de la tristeza, de la alegría, de la confusión, del rechazo, de la despedida y el del miedo. Cuando lloro por miedo casi no me salen lágrimas. Sé llorar a cántaros por todo lo demás. Sé llorar en silencio y prefiero llorar sola, algunas veces frente al espejo para distraer a la tristeza con gestos y miradas. Me gusta desconocerme y reconocerme en la medida que me sacude lo incierto. Llorar es una forma de compartirle al mundo que lo que llevamos dentro no es sólo nuestro. Hay lágrimas que deben salir para desalojar el hogar que habitaban en nosotros. Lloro, también, para mantenerme viva, para saber que existo, para saber que pienso y que muchas veces debería estar pensando en otra cosa. Para saber que no pasa nada. Para entender que aunque mis decisiones sean grandes, mis resultados siempre serán vulnerables y pequeños.

Es un gran consuelo saber que no soy la única, ni la primera en expresarlo. No soy única en ningún momento, pero eso ya no importa. A uno se le quita lo especial cuando comienza a conocer al mundo. Un mundo lleno de iguales, de repeticiones, de patrones y de mismos caminos. Nada especial, como el invierno en mi ciudad.