El ornitorrinco

Día de muertos

Estoy segura que la angustia la conocí de noche. De niña no le temía a la oscuridad o a los fantasmas, pero había algo relacionado con la muerte que se manifestaba muy seguido, sobre todo cuando me iba a dormir. Y cuando eso sucedía, corría a abrazar a mi mamá para que me prometiera que ella, a diferencia de los demás, no moriría. Me parecía imposible pensar que la vida tenía algún sentido si después vendría la muerte a llevárselo todo. A borrarnos y no darnos cuenta de estar borrados.

Todavía pienso en la muerte y sus diversas formas. A veces me pregunto de qué manera moriré: si será joven o vieja, por accidente o enfermedad o si será doloroso o no. Aunque la idea de morir ya no me angustia como antes, ahora mi temor se manifiesta desde otro ángulo: la vida sigue a pesar de nosotros. La vida tiene continuidad estemos o no estemos. La vida no somos nosotros.

En 2005, cuando mi abuelo materno entró a terapia intensiva, tuvimos que organizarnos muy bien para visitarlo (estábamos conscientes que había llegado su final). En el hospital sólo permitían visitas de media hora, dos veces al día. Ese día yo contaba con quince minutos para despedirme de él, para besarlo, para cruzar miradas (si acaso abría los ojos) y para desearle una partida tranquila. Recuerdo haber pensado, mientras recorría el pasillo blanco e infinito que me llevaría hasta su cama, que no debía llorar frente a él para no transmitirle mi temor a perderlo ni mi pánico a que fuera borrado.

Mi angustia, cocida a fuego lento, no podía ser más fuerte que yo, pensaba. Pero cuando entré a su habitación olí la muerte. Estoy segura que cualquiera que haya estado en una situación similar, sabe de qué olor hablo. No estaba preparada para conocer de cerca a ese espectro que me perturbaba desde niña. La muerte estaba entre mi abuelo y yo, porque aunque los dos respirábamos, al mismo tiempo estábamos muriendo. Y, junto a nosotros, todas las posibilidades de volver a conversar, de volver a reírnos y de volver a abrazarnos.

No sé, quizá la muerte no nos borra sino barre lo que queda de nosotros. La muerte y la vida se parecen mucho, ambas van acompañadas de un enorme silencio. Hoy, les ofrezco a mis abuelos una ofrenda y un altar. Una ofrenda para agradecer que estuvieron y un altar para pedirles que nunca se vayan. Para que su recuerdo me siga llenando de vida y para que su muerte tenga sentido, al menos para mí, que a veces me siento una niña que quiere correr a los brazos de su mamá para que le prometa que no se morirá jamás.