Nada personal, solo negocios

El síndrome de Down visto con pesos y centavos

La semana pasada Isabella Springmühl presentó en México su colección de moda. Esta guatemalteca de 19 años es la primera diseñadora con síndrome de Down (SD) en presentarse en el London Fashion Week.

La iniciativa de traerla fue del programa de excelencia vértice de la Universidad Anáhuac, que también convocó a modelos con alguna discapacidad para su desfile Runaway together, everybody fits in.

“En dos universidades me negaron el acceso a estudiar diseño de modas, pero mi mamá me ayudó y aquí estoy, vendiendo mis prendas por internet a todo el mundo”, me decía Isabella, creadora de la marca Xjabelle. Ella no solo compra telas y bordados a mujeres mayas de Antigua, sino que parte de sus colecciones es para personas con SD. “Siempre mi ropa la teníamos que ajustar. Yo diseño sabiendo que tenemos los brazos más cortos, las manos más pequeñitas y que somos más bajos”, me explicaba.

Hoy es el Día Internacional de las personas con SD y seguramente escucharemos discursos oficiales diciendo que “estamos trabajando para la inclusión de las personas con SD a la sociedad”. ¿Cuánto se ha hecho? No mucho. Primero porque no hay datos exactos de cuántas personas tienen esa condición, así como sus necesidades, edad o escolaridad. El año pasado, cuando se discutía la Constitución de CdMx circularon estas cifras: 150 mil mexicanos, de los cuales 30 mil vivían en esta ciudad.

Siempre se ve a las personas con discapacidad desde un punto de vista de salud pública o de inclusión. Hay un tabú a verlos como un nicho de negocios.

En Nueva York, una firma de análisis (The Return on Disability Group) desde hace unos años mide el rendimiento de las empresas que voltean a ver a ese mercado y su entorno cercano (familia y amigos). De hecho lanzaron su propio indicador financiero: retorno en discapacidad (RoD), como un RoI (retorno de inversión), pero de empresas que invierten en ser accesibles y en buscar a esos clientes.

Al ser un mercado complejo, por la diversidad y las particularidades por discapacidad, esto obliga a esas firmas a invertir más en innovación y desarrollo, en investigaciones de mercado, que se traduce en mayor fidelidad y en más ventas.

Un ejemplo es Disney: al volver accesibles sus parques descubrieron que la experiencia de los visitantes mejoró (a cualquier niño cansado le viene perfecto una rampa, no solo a uno con silla de ruedas), sumaron más abuelos (y tickets) y con ellos más venta de merchandising.

Se calcula que en el mundo hay mil 300 millones de personas con alguna discapacidad. Un mercado del tamaño de China. Si le sumamos su círculo más cercano, la cifra sube a 2 mil 400 millones. Esto es una de cada cinco personas del planeta, ¿por qué aún no les parece un nicho atractivos, señores empresarios?

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