Voces Ibero

Cartas de amor de un monstruo

La letra puntiaguda que escribe y firma las cartas pertenece a Heinrich Himmler, líder de la SS yuno de los responsables del exterminio de seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.  Los documentos dados a conocer recientemente no son un recuento de los asesinatos en masa cometidos en campos de concentración, ni órdenes dirigidas a subalternos. En realidad se trata de misivas de amor destinadas a su esposa Marga, una enfermera con quien Himmler compartía el interés por la medicina homeopática y la herbolaria.
“Me voy a Auschwitz. Besos, tu Heini”. Esta línea bien podría haber sido escrita por cualquier persona que está a punto de emprender un viaje de trabajo. La diferencia es el destino –Auschwitz- y, por supuesto, el autor del mensaje. Hijo de una familia católica y egresado de Agronomía de la Universidad Técnica de Munich, Himmler se unió a las filas del partido Nazi y pronto ascendió gracias a su cercanía con Hitler. Fue la mente detrás de la llamada “solución final”, la estrategia para exterminar a los judíos.
Al leer las cartas que Himmler escribió a su esposa y contrastar la imagen del marido cariñoso con la del monstruo responsable de millones de muertes, surge una pregunta, ¿cómo pueden convivir ambas personalidades en un ser humano? El año pasado la revista Rolling Stone detonó una polémica al elegir para su portada una fotografía de DzhokharTsarnaev, coautor de los atentados que cimbraron a Boston el año pasado. Debajo de una fotografía que imitaba a la de un rock star, los editores se preguntaban cómo un estudiante popular y prometedor se había adentrado en el islamismo radical hasta convertirse en un terrorista.
Si los nazis eran monstruos o sólo personas que cometieron actos monstruosos, es una cuestión sobre la que vale la pena reflexionar. De la misma manera que los documentos analizados recientemente –como las cartas de amor de Himmler- nos hablan de la personalidad de quienes emprendieron un genocidio cuyos fantasmas han vuelto a aparecerse en Bosnia, Ruanda y –más recientemente- en Siria.


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