Barrio de pasiones

Mucho ruido, pocas nueces

A lo largo de las últimas semanas, tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales, abundaron los comentarios sobre la señora que inscribió en el Salón de Octubre un cuadro que poco después se supo que era fusil de otro, realizado por una oscura pintora china, cuya especialidad al parecer es copiar fotografías. A pesar de cierta virulencia, aquello nunca alcanzó la categoría de discusión o debate —que es lo que uno esperaría en un caso de esta naturaleza— pues salvo muy contadas excepciones, la abrumadora mayoría de opiniones que leímos se caracterizan por su pobreza (¿o más bien debiera decir falta?) de argumentos.

 

    Llama la atención el hecho de que algunos de los comentarios más interesantes se encontraran en las redes sociales, aunque debemos aclarar que también ahí es donde están los más sosos y desinformados. En todos, no obstante, hay un común denominador: la frenética búsqueda de un culpable, que la mayoría de las veces —en mayor o menor medida— lo sitúan o entre los organizadores o el jurado. En ningún lugar aparece alguna reflexión seria sobre el hecho de que quien incurrió en la conducta fraudulenta, fue la pseudopintora, pues con premeditación alevosía y ventaja inscribió el cuadro, a sabiendas que se trataba de un fusil.

 

    Así, para el lugar común los culpables siempre serán —en ese orden— los organizadores, puesto que son funcionarios, y los jurados, ya que nos caen gordos y además se parecen al señor Burns. Y todo, cuando los verdaderos —y únicos— responsables son los vivillos que, disfrazados de artistas, inscriben sus plagios para ver si logran sorprender. Un concurso artístico necesariamente está organizado a partir de la buena fe. No se puede exigir, por ejemplo, a los organizadores que gogleen todos los cuadros inscritos en busca de plagios, pues los participantes en principio merecen respeto, lo que implica no ser tratados como criminales.

 

    Resultaría inconcebible que se organizara un concurso —ya sea de pintura, literatura, danza o cocina— que partiera del supuesto de que todos los participantes son potenciales defraudadores. La solución al problema tampoco es exigir una carta, como se planteo por ahí, donde garanticen que son los autores originales del trabajo que están presentando, ya que es redundante, pues al llenar y firmar la forma de inscripción quedó implícito tan elemental compromiso. Los jurados, por su parte, ni pueden ni deben trabajar a partir de la sospecha, del imaginario de que todas las obras que están revisando posiblemente sean plagiadas.

 

    Y ya instalados en la exageración, también hubo quien descalificó el Salón de Octubre por la presencia del cuadro plagiado, como si la exposición se compusiera de una sola pintura. Un mal cuadro —como es en este caso, el fusil— representa un prietito en el arroz: para arribar a tal conclusión, habría que revisar el conjunto y a partir de ahí juzgar si se trata o no de un buen Salón. Además, queda algo importante en el aire: nadie comentó —para bien o para mal— el cuadro que resultó triunfador en el concurso, pues todo el tiempo se privilegió el escándalo que curiosamente tuvo como punto de partida una pésima decisión del museógrafo.

 

    El Salón de Octubre y otros similares son organizados para beneficio de los artistas, quienes son responsables de su calidad. Si buscan pasarse de listos e intentan dar gato por liebre, están incurriendo un fraude ellos, no los jurados ni los organizadores. Así que mejor dejemos de buscar culpables donde no están: si los artistas —o aspirantes a serlo— no son capaces de conducirse con un mínimo de ética, no merecen el esfuerzo que implica organizar el salón. Y algo que resulta preocupante, es el desatino de la plagiadora al escoger tan mediana artista para sus fusiles («homenajes», les llaman ahora): ¿porqué no Rembrandt, por ejemplo?

 

    Cada quien sus clásicos, ¿no creen?