Barrio de pasiones

Las reformitas

Recuerdo que en alguna ocasión anterior, si no me equivoco al calor de las campañas electorales, habíamos abordado el tema. Y es que, aún a estas alturas, hay quienes insisten —principalmente las cúpulas empresariales y los comentaristas orgánicos de la derecha— en las «reformas estructurales», utilizando el «las» para subrayar que son algo ya perfectamente definido. Si no fuera así, entonces dirían algo parecido a «Oyes, creo que nos están haciendo falta algunas (o unas) reformas estructurales». Pero no: para ellos no debe existir la más mínima ranura por donde se cuele la discusión: o son las reformas estructurales que ellos imaginan o no son.

Parten de la base de que México se encuentra inmerso en una profunda crisis y de que todos estamos más o menos de acuerdo que deben cambiar muchas cosas si queremos que el país avance. O sea, en el diagnóstico hay cierto consenso. Introduje los matices «más o menos», primero, y «cierto», después, porque también es claro que hay sectores que quieren que todo siga igual, pues cualquier cambio afectaría sus intereses, sobre todo los de corto plazo. Más allá de lo que piensen tales grupos de interés, lo cierto es que no existe un consenso mínimo de qué y cómo debe cambiar. O sea, en las posibles «reformas estructurales».

Tengo la esperanza de que con la serie de reformas que está intentando el PRI desde el poder y con el apoyo más o menos generalizado de la clase política, aquellos que tanto pregonaron la importancia y las bondades de las «reformas estructurales», acaben por percatarse de la trampa que ellos mismos se pusieron. Y es que, sobre todo con la mal llamada «reforma fiscal», los organismos empresariales descubrieron que no sólo existen aquellas que son antecedidas por el artículo «las», sino que hay otras posibles y que algunas significan un grave retroceso. Lo principal aquí es que aprendan la lección y en el futuro se muestren abiertos a la discusión.

Cualquier posible reforma hay que discutirla, haciendo a un lado los intereses de grupo. Máxime si finalmente nos van a afectar a todos. Es la única manera de que su efecto sea para bien y duradero. Y para muestra ahí están las reformas que ahora andan promoviendo el PRI y la mayor parte de la clase política, que si bien tocan áreas que todos estamos de acuerdo se deben replantear, no son —ni de lejos— las que el país requiere. La profunda crisis que vive el sector educativo de México no se va a resolver con tratar como criminales a los profes. Y es que, ¿en realidad alguien cree que el problema de la educación en México son los maestros?

Eso es sacarle la vuelta a los verdaderos problemas. Lo mismo podemos decir de la pésimamente llamada «reforma energética», que lo único que busca es un reparto del botín y deja intocados los problemas de fondo. El petróleo es una tragedia nacional, sin duda, pero no lo es por su forma de propiedad, sino por la irresponsabilidad con que se ha manejado la política petrolera los últimos 30 o 40 años. Y la dizque reforma busca cuidadosamente no tocar tal punto. La «reforma fiscal» es apenas una miscelánea cuya obvia finalidad no es corregir los problemas de fondo, sino conseguir más dinero para seguirlo mal gastando.

Ya hablando en serio, lo que México necesita no son unas reformitas a modo: es una refundación. Así, lo que se requiere son cambios estructurales profundos, que sin duda afectarán poderosos intereses, pero que son indispensables. Para lograrlo, es indispensable una amplia discusión de cuáles son los problemas y cuáles sus posibles soluciones. Y todos debemos participar en ellas. Si no se plantea así, vamos a seguir eternamente dando vueltas en círculos. Y nuestra clase política y las élites que la acompañan, que han demostrado ser incapaces de nada que valga la pena, van a seguir felices, disfrutando de la republiquita que crearon para su solaz.

Y nosotros trabajando para mantenerlos.