Barrio de pasiones

Más de los «mitos»

Cuando el 18 de marzo de 1938, el presidente Lázaro Cárdenas decretó la expropiación de las compañías petroleras que operaban en México, no sólo realizó un acto de justicia y afirmación de la soberanía nacional, sino también una acción llena de significado político que despertó la imaginación de los habitantes de nuestro país y aún de los de Latinoamérica. No es para menos, pues se trata de la épica historia de un empobrecido país satélite que se enfrentó a las más grandes compañías trasnacionales del momento y algunos de los más poderosos países: David contra Goliat. Tal vez por ello, hay algunos que las visualizan como «mito».

 Sin embargo, la lista de agravios cometidos contra México y los mexicanos por las petroleras además de inmensa, no tiene nada de mitológica: siempre nos vieron y  quisieron tratar como una república bananera a la que podían expoliar sin más sus riquezas. El papel desestabilizador que asumieron está ampliamente documentado e incluye, en el colmo de la perversidad, el patrocinio y aliento al golpe de estado de Victoriano Huerta, que culminó en el asesinato del presidente Madero. Asimismo, está más que probado su constante financiamiento y promoción de levantamientos armados, como el del cacique Saturnino Cedillo en 1938.

Las petroleras invirtieron mucho dinero en la formación de guardias, que funcionaban como un ejército privado que lo mismo custodiaba campos petroleros, que reprimía cualquier muestra de inconformidad. Y así como mostraron gran generosidad cuando se trataba de financiar levantamientos, asonadas y su propio ejército privado, la petroleras, siempre argumentaron falta de recursos cuando se trataba de los salarios y prestaciones a sus trabajadores. Su sistema de explotación era vertical e impermeable: los técnicos —los extranjeros— obtenían buenos salarios y prestaciones, mientras que los obreros —mexicanos— recibían salarios de hambre.

Por descontado que a lo largo de los casi cuarenta años que operaron en el país, las petroleras nunca transfirieron tecnología: en 1938, Pemex tuvo que partir de cero y años más adelante, en 1965, fundó el Instituto Mexicano del Petróleo. Por cierto, si durante los últimos tres o cuatro sexenios, una parte de los excedentes petroleros se hubiera invertido en la investigación y no, como sucedió en realidad —señaladamente en las administraciones panistas— para financiar el gasto corriente de los caciquitos regionales priístias, sin duda tendríamos (o estaríamos cerca de tenerla) la tecnología propia para extraer el petróleo en aguas profundas.

El caso es que los agravios cometidos por las compañías petroleras en las primeras décadas del siglo XX (y por la clase política de las últimas décadas) no son nada mitológicos y tienen todo de desgracia nacional. Así que me parece totalmente natural que los mexicanos desconfiemos verticalmente de la llamada reforma energética, de cualquier intento por promover que regresen las mismas compañías que alentaron y promovieron el asesinato del presidente Madero, provocando una sangrienta guerra civil; de las mismas empresas que fueron expropiadas el 18 de marzo de 1938, por no acatar un laudo de la Suprema Corte de Justicia.

Y la desconfianza tiende a crecer más, cuando los mexicanos recordamos que Teléfonos de México fue vendida a una persona que terminó por convertirse en el top de las lista de millonarios de Forbes, mientras sufrimos y pagamos carísimo un servicio de mierda. Y, entre muchos otros ejemplos, también tenemos presente la venta de lo que ahora es TVAzteca, a un empresario que la compró con dinero prestado por el hermano incómodo, y que ahora contribuye con todo entusiasmo a la banalización y estupidización de los mexicanos. En suma, hay muchos, muchos más motivos para desconfiar que los que pudiera haber para confiar.

 …y el precio de la gasolina subió hace apenas unos días.