Barrio de pasiones

Algunos mitos

En un tour parecido a una campaña política, Gustavo Madero, el presidente del PAN que logró la hazaña de convertirlo en tercera fuerza política del país, complacido declaró «enterramos el mito cardenista». Veamos el mito que enterraron. Con el siglo XX llegaron a México las empresas petroleras, provenientes principalmente de Inglaterra, Holanda y Estados Unidos. En 1901 el dictador Porfirio Díaz expidió una Ley del Petróleo que otorgaba tales facilidades de república bananera a los inversionistas extranjeros, que incluso permitió la expropiación de tierras a comunidades campesinas, a fin de que desarrollaran campos petroleros en ellas.

    Por si tal cosa fuera poco, una nueva Ley del Petróleo —expedida en 1909 y en abierta contradicción con una tradición jurídica que se remonta a la Colonia— permitía a las empresas además adjudicarse la propiedad sobre el subsuelo. De esta forma, Díaz les había construido a las petroleras algo así como el paraíso terrenal: reglamentación muy débil —si no es que inexistente—, tasas irrisorias de impuestos, además de mano de obra casi esclava. En 1901 la producción petrolera de México fue de apenas diez mil barriles. Para 1911 ya ascendía a doce y medio millones de barriles, por los que pagaron 26,000 pesos en impuestos.

    En 1912, el presidente Madero decretó un gravamen especial a la producción petrolera de dos centavos el barril y ordenó que se efectuara un registro de las compañías que operaban en el país. Ambas medidas fueron de inmediato cuestionadas por las compañías petroleras, pues cómo iban a permitir que una república bananera les impusiera alguna condición. Incluso llegaron al extremo de calificar el impuesto de dos centavos de «confiscatorio». Los embajadores de Inglaterra, Holanda y Estados Unidos, asumieron el papel de abogados de las compañías, que incluso apoyaron abiertamente el golpe de estado de Victoriano Huerta.

    No cabe duda: nos veían como república bananera. En 1917 se promulgó la nueva Constitución Política, que en su artículo 27 establece la propiedad del Estado mexicano sobre el subsuelo, lo que fue considerado por las petroleras como la peor afrenta posible. Y de nuevo, apoyándose en sus respectivos gobiernos, comenzaron las presiones contra la republiquita bananera que quería establecer un estado de derecho a su conveniencia. Las presiones internacionales lograron que en la práctica el estatus de las compañías permaneciera más o menos en los mismos términos y nunca abandonaron su majadera pretensión de que el 27 fuera derogado.

    Para 1921 la producción había rebasado los 193 millones de barriles, lo que colocaba a México como el segundo productor mundial de petróleo. Sobre la conducta de las petroleras, José López Portillo y Weber, en su libro El petróleo en México, escribió que «…las compañías al explotar la Faja de Oro, se condujeron como se conducen los bandidos que sólo disponen de tiempo limitado para vaciar las arcas del banco que asaltan y saquean aceleradamente, sin importarles las monedas que caigan de las talegas; los sacos que se desfonden; el desorden, los documentos destruidos, las pérdidas diversas que dejan tras ellos».

    Después de 20 años de lucha, en 1935 se constituyó el Sindicato de Trabajadores Petroleros, que agrupaba a los trabajadores de todas las compañías. En 1937 estalla una huelga que paraliza al país. La Junta Federal de Conciliación y Arbitraje falla a favor de los trabajadores. Las compañías se inconforman ante la Suprema Corte que, en marzo de 1938, ratifica el laudo de la Junta. Las compañías se declaran en rebeldía: «sólo eso nos faltaba, que nos exijan que paguemos sueldos decentes a los esclavos». El 18 de marzo de 1938, el presidente de la república, Lázaro Cárdenas, decreta la expropiación de las compañías petroleras a favor de la nación.

    Estos son algunos de los «mitos» que Madero asegura haber enterrado.