Barrio de pasiones

La maleta mexicana

En la década de los 1920 convergieron dos adelantos tecnológicos, la rotativa —que permitía una inédita calidad de impresión de tonos continuos— y la aparición de cámaras fotográficas más ligeras —que utilizaban rollo de película en lugar de las complicadas placas—, que propiciaron una nueva forma de narrar las noticias: el fotoperiodismo. Fue a partir de ahí que en Europa, y muy pronto en el resto del mundo, comenzaron a surgir revistas —la llamada prensa ilustrada— que buscaban contar la historia utilizando al máximo el poder narrativo de la fotografía: querían que sus lectores materialmente “vieran” la noticia.

Fueron las décadas en que la fotografía representaba la verdad, cosa que en los tiempos del photoshop suena a curiosidad, por decir lo menos (aunque debemos recordar que por aquellos años también comenzó su manipulación, como cuando los estalinistas borraron a Trotsky de las fotografías históricas de Lenin o, años después, cuando los franquistas hicieron que Franco apareciera más alto que Hitler, por lo menos en la foto). Pero, haciendo a un lado las divagaciones, la llamada prensa ilustrada se manifestó preferentemente por medio de revistas, como es el notable caso de las francesas Vu y Regards o, poco más tarde, la gringa Life.

Sin embargo, es imposible explicar el fenómeno sin considerar el talento de los fotorreporteros, esa nueva clase de periodistas que le dieron forma y contenido y, por consiguiente, hicieron posible el éxito de la prensa ilustrada a lo largo de las siguientes décadas. Y fue la Guerra Civil española el escenario ideal donde se manifestó todo el potencial de este nuevo periodismo, donde los fotógrafos, en representación de sus respectivos medios, trabajaron a profundidad el ensayo fotográfico comprometido —otra curiosidad: en aquellos años la gente no tenía miedo a comprometerse con una causa— logrando algunas verdaderas obras maestras.

Robert Capa, David Seymour, conocido como Chim, y Gerda Taro no fueron los únicos fotorreporteros que trabajaron en la guerra española. Sin embargo, en conjunto consiguieron el más completo, emotivo y logrado registro fotográfico del que se pueda disponer sobre aquella pasional guerra de 1936-1939. Y más allá de su innegable compromiso personal con la república, fue notable su profundo compromiso profesional: fue Capa el acuñó la frase “si tu foto no es suficientemente buena, es que no estabas suficientemente cerca”. Gerda Taro, por su parte, murió en la batalla de Brunette en julio de 1937, haciendo lo propio.

Durante más de sesenta años permaneció perdida. En la década de los 1990, cuando surgieron evidencias de que se encontraba en México, fue llamada La maleta mexicana. No es una maleta, sino tres cajas de cartón en las que se preservaron 126 rollos: casi 4,500 negativos con imágenes de la Guerra Civil española, hechas por Capa, Chim y Gerda. La historia, que comienza en París a punto de caer en manos de los alemanes, y que finaliza en 2007 en la ciudad de México, cuando Benjamín Tarver entrega la “maleta” al Centro Internacional de Fotografía de Nueva York —que maneja el legado de los fotógrafos— está llena de lagunas.

Todavía hasta el próximo domingo 2 de marzo se puede visitar, en el antiguo Colegio de San Ildefonso de la ciudad de México, la exposición que, con el título de La maleta mexicana, presenta tanto una buena selección de las fotografías, como ejemplares de las revistas en las que en su momento fueron publicadas, además de documentar puntualmente el proceso de catalogación y preservación —que llevó más de tres años— de los 4,500 negativos que ahora forman parte del impresionante acervo del Centro Internacional de Fotografía de Nueva York, institución fundada por Cornell Capa, hermano de Robert, a partir de su legado.

Les recomiendo se echen el viajecito, porque por acá ni en sueños.