Barrio de pasiones

La otra historia

Del 20 de abril al 22 de junio de 1945, la ciudad de Berlín vivió los momentos más oscuros de su historia. Aunque tal vez y con el afán de ser más rigurosos, debemos reducir ese punto cero a más o menos treinta días a partir de la primera fecha que, curiosamente, fue cuando Adolfo Hitler cumplió 56 primaveras. También fue entonces que el Ejército Rojo comenzó, con el infernal fuego de miles de piezas de artillería, la ofensiva final sobre la orgullosa capital de Alemania, bajo el mando del mariscal Gueorgui Konstantin Zhukov, que avanzó por el este, apoyado por los generales Rokosovski, por el norte, y Konev, por el sur.

El otrora poderoso ejército alemán, que unos años antes se había atrevido a desafiar a casi todo el mundo, poco podía hacer para defender su capital. Para el 24 de abril, la ciudad se encontraba aislada, sitiada por los soviéticos. Del 25 al 30, los rusos avanzaron por la ciudad, liquidando uno a uno los focos de resistencia formados principalmente por los niños y adolescentes de las Juventudes Hitlerianas y por los Volkssturm, que estaban formadas por veteranos de la primera guerra y gente mayor. El 30 de abril los combates ya se situaban en el centro de la ciudad y Hitler decidió escapar por peteneras: ese día por la tarde se suicidó.

El primero de mayo aún se combatía en la zona administrativa del Reich, cuando el sucesor al trono, Joseph Goebbels, se suicidó también, después de escuchar la obvia y única exigencia posible del mariscal Zhukov: rendición incondicional. Al día siguiente muy temprano, el general Weidling, que había quedado al mando de unas pocas manzanas del centro de la ciudad y un puñado de soldados, acepta los términos del mariscal soviético. Así, la ciudad entera queda en manos del Ejército Rojo. Hasta aquí la historia oficial, la registrada en los libros de texto, aquellos que hablan del origen y destino de los políticos y de los generales.

    Pero, vamos más allá de la historia oficial y regresemos a las fechas del principio: del 20 de abril al 22 de junio de 1945, pues tal fue el periplo que una muy culta mujer de 33 años registró en su diario, años después publicado con el título Una mujer en Berlín. Escrito en una prosa clara y directa, la autora —quien optó por el anonimato— narra sin concesiones, lo que ella y algunos vecinos vivieron durante las semanas en que los habitantes de la capital del Reich fueron abandonados a su suerte. Es un documento que describe cómo los ciudadanos de a pie vivieron y enfrentaron la batalla por Berlín y las acontecimientos que le siguieron.

En sus páginas quedó registrado el sufrimiento de la población civil de una gran ciudad —mayoritariamente y por razones obvias, mujeres— vencida, carente de los más elementales servicios públicos y privados —es reducidos a la edad de las cavernas—, donde por igual florece la más conmovedora solidaridad que la más penosa mezquindad. Después de vivir meses de cotidianos bombardeos aéreos, a los berlineses ahora les tocó vivir la batalla por la ciudad, cuyas líneas de frente se desplazan por las calles del vecindario, así como la instalación de los cuarteles del ejército enemigo en su propia calle, en sus banquetas.

Sin duda tiene razón el poeta Hans Magnus Enzensberger, cuando en la presentación del libro apunta que fue escrito para «mantener un vestigio de cordura en un mundo de devastación y crisis de los valores morales». Por supuesto que están documentados, al estilo de la autora —sin autocompasión ni rodeos— los abusos de los soldados de la vanguardia del ejército soviético, así como el pillaje de los altos mandos soviéticos, que se robaron fábricas completas. Una mujer en Berlín, además de un invaluable testimonio histórico y humano, es una obra de gran calidad literaria, que narra lo que no consignan los libros de historia.

Es la otra historia, la de los ciudadanos comunes, la importante.