Barrio de pasiones

Panteonera

Hace un par de fines de semana, buscando qué ver en uno de tantos sistemas de televisión de paga por Internet, me topé con una película cuyo título llamó mi atención de inmediato. El filme se titula Tlatelolco —aunque hay por ahí información de que su nombre completo es Tlatelolco, verano del 68— y fue dirigido por Carlos Bolado, quien previamente había incursionado en el cine de tema político con Colosio, el asesinato, cuyas pretensiones jamás fueron alcanzadas por la realización. De acuerdo a su ficha, Tlatelolco fue producida en éste mismo año (2013), aunque no recuerdo haberla visto programada en la cartelera cinematográfica.

El tema —el movimiento estudiantil en la ciudad de México durante el verano de 1968— siempre me ha parecido que se presta mucho para su tratamiento literario y, por supuesto, cinematográfico, pues ofrece la posibilidad de imágenes fuertes, momentos emotivos, drama y aún comedia. Sin embargo, si bien la literatura le ha hecho justicia con algunas buenas novelas y hasta un gran poema de Octavio Paz, del cine no podemos decir lo mismo, más allá de Rojo amanecer, cuya inteligente y bien realizada puesta en escena teatral, no admitía la inclusión de toda aquella cauda de imágenes que surgen en mi mente al evocar el movimiento.

Decidí verla. Y, efectivamente, encontré muchas de esas imágenes que tanto había añorado ver en alguna película, incluyendo secuencias originales —tanto de las calles de la ciudad de México, como del movimiento y de la inauguración de las Olimpiadas— inteligentemente integradas, así como la inclusión de piezas de la llamada «gráfica del 68», que no se ha difundido suficientemente, a pesar de sus grandes valores estéticos. Además —otro gran acierto visual—, tomas de la imagen gráfica de la Olimpiada, obra maestra de Lance Wyman, incluyendo un par de ejemplares de los bellísimos uniformes de las edecanes olímpicas.

Pero, como sucede con demasiada frecuencia en el cine mexicano y más allá de algunas aceptables actuaciones, la historia principal, además de ser por completo predecible, es un impresionante —por excesivo— compendio de lugares comunes y clichés que a estas alturas debieran ser inaceptables para cualquier productor medianamente inteligente. Es la melodramática —por no decir telenovelera— historia de amor entre el muchacho pobre —pero eso sí, muy honrado y decente— y la chica de familia rica —pero eso también, muy buena onda. Algo así como Amar(te) duele, pero con el trasfondo del movimiento del 68.

En sus muy recomendables memorias, tituladas A libro abierto, el cineasta John Huston proclama un sencillo postulado estético: «cuando hago una película es simplemente porque creo que la historia es digna de ser contada». Si nos atenemos a tal filosofía, la historia de Tlatelolco, verano del 68 nunca debió ser filmada, no sólo por mala, sino por que ya está totalmente agotada de tanto que se contó. Algo que me resulta por completo incomprensible, es la necedad que domina al ambiente cinematográfico mexicano, de partir del principio de que cualquiera puede escribir una historia digna de ser filmada, de no darle importancia al guión.

Y así, mientras veía la película y me quedaba claro que al final los hermanos acabarían por enfrentarse en la Plaza de las Tres Culturas, no pude dejar de pensar en el gran desperdicio que implicaba emplear todos aquellos recursos en narrar tan trillada historia, mientras que bien pudieron tomar una decisión inteligente y hacer un esfuerzo para realizar una buena adaptación de, por ejemplo, la novela de Gerardo de la Torre, Muertes de Aurora, o Los días y los años de Luis González de Alba, y así contar con una historia que valiera la pena filmarse. Pero no: ellos consideraron que era mejor atiborrarnos con sus lugares comunes.

Tlatelolco es el triunfo de la retórica sobre la reflexión.