Barrio de pasiones

Panteonera

Mejor retrato, imposible. La crisis provocada por la regidora panteonera del municipio de Guadalajara es, por su absoluta claridad, un caso de estudio, un fiel retrato costumbrista de nuestra clase política. La denuncia, la grabación, los argumentos —tanto los utilizados en la reunión grabada como con los que intentó defenderse—, la defenestración casi automática de sus cargos partidistas y un poco más lenta de su chamba en el ayuntamiento, forman una secuencia de hechos y sobre todo de dichos que confirman aquello que en nuestras peores pesadillas apenas nos atrevíamos a esbozar, o que medio conocíamos por rumores no confirmados.

Es, antes que cualquier otra cosa, la demostración del bajísimo nivel que caracteriza a los políticos del terruño, de cómo entienden y practican la política. Y como siempre sucede en estos casos, una vez que estalló el escándalo, la información fluye y uno no puede dejar de preguntarse —sobre todo después de enterarnos que la regidora cobró durante buen tiempo el sueldo de directora en dos escuelas simultáneamente, una ubicada en Guadalajara y la otra en ¡Puerto Vallarta!—, cómo es posible que alguien, después de mostrar tan rigurosa vocación por el fraude, pueda ser siquiera considerada como candidata a cualquier cargo público.

 Pero, más allá de sus antecedentes personales de deshonestidad a toda prueba, lo que más me llamó la atención fue su lenguaje, las palabras y el contexto en que las usó, su discurso. Y no estoy hablando de las que ella misma calificó, en un intento por desviar la atención de lo sustancial, como «palabras altisonantes». Me refiero a sus conceptos, a aquellas palabras o frases que indudablemente reflejan lo torcido de su pensamiento. Así, por ejemplo, en la misma perorata que se declara «propietaria» de la Dirección de Panteones del Ayuntamiento de Guadalajara, asegura no ser corrupta, como si una cosa no implicara necesariamente la otra.

Después, cuando llegó el momento de las aclaraciones, intentó hilvanar una justificación asegurando que la merecida maltratada a los empleados de su Dirección de Panteones fue porque habían estado coqueteado con un partido diferente al suyo. Y añadió, en una poco articulada declaración a La Jornada, que «los que colaboramos de manera directa en cuestión de campañas, es la gente que debe tener espacios, por eso […] buscan ganar elecciones, para que tengan un beneficio. Lo más importante es que la gente tenga empleo, que la gente que colaboró en las campañas [lo tenga], que se respete a la militancia. Yo siempre he peleado por eso».

 Ahí está la esencia de su pensamiento, así es como ella —en realidad, ellos— conciben la política: como un simple reparto del botín. Queda claro entonces que para la regidora panteonera, lo importante —lo prioritario— es que el dinero de nuestros impuestos se utilice para beneficiar a quienes colaboraron en la campaña, para que tengan «espacios» —o la palabra más interesante aún, «posiciones» (que suena a posesiones, a propiedad)— quienes colaboraron en las campañas y demuestran fidelidad al partidazo. De manera que los servicios públicos que debe prestar el Ayuntamiento pasan a tercer o quinto o último plano.

 Y dije «ellos», porque desgraciadamente no es una característica que se limite a los militantes del partidazo, sino que se extiende a toda la clase política, del color que sea. Ahí está la raíz de la disfuncionalidad crónica de las instituciones. Por eso no hay dependencia que funcione correctamente: los encargados de manejarlas son seleccionados por sus méritos en las campañas y su lealtad a los líderes, no por su capacidad o talento para resolver los problemas. Y es que los recursos están ahí, ya lo dijo la gran ideóloga del novísimo PRI, para beneficio de sus huestes, no para abstracciones tales como «servicio público» y otras necedades. 

Tal es el cáncer. Y lo peor es que ya hizo metástasis…