Barrio de pasiones

Palabras

Juan José Guerra Abud, titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), anduvo de visita en Guadalajara. Básicamente vino a mostrar el apoyo del ejecutivo federal a la cortina de 105 metros de la presa El Zapotillo. De acuerdo con el diario Mural, el secretario —al mencionársele la promesa del gobernador a los habitantes de Temacapulín— sin rubor dijo: «Tú asumes un compromiso, pero no lo puedes grabar en piedra, hoy por hoy la política pública (sic) tiene que ser versátil y se tiene que ir adaptando a las circunstancias». Se trata de una joya, de un pienso de esos que deberían, precisamente «grabarse en piedra».

Al leer las declaraciones del secretario, de inmediato recordé una revista de mis cada vez más lejanas juventudes llamada La Garrapata, principalmente su sección titulada «Habló el buey y dijo mu». Pero, regresando al inefable secretario, que se supone es algo así como la posición en el gabinete presidencial del aliado político verde ecologista, militancia que de facto lo caracterizaría como uno más de esos vivales que han encontrado en el ecologismo retórico la manera de vivir estupendamente a nuestras costillas. Y digo «se supone», porque en realidad se trata de un priísta con hondas raíces en las cavernosas profundidades del Grupo Atlacomulco.

Pero, más allá de su pantanosa filiación priecologista, después de revisar su currícula resulta obvio que carece de las calificaciones mínimas para desempeñar su cargo en el gobierno federal. Así, no es de sorprender en lo absoluto que en sus declaraciones a los medios tapatíos, además de las consabidas mentiras del caso —que a estas alturas ya podríamos identificar como «las mentiras oficiales»—, no haya ofrecido argumento técnico alguno para respaldar su afirmación de que no hay alternativa a que la altura de la cortina de El Zapotillo sea de 105 metros. Lo que implica la desaparición de tres pueblos completos, entre muchas cosas.

Lo que resulta muy cierto es que las declaraciones del secretario son una invaluable contribución a la noción de lo que aquí podríamos conceptualizar como la quiebra moral de nuestra clase política, que se caracteriza por su casi biológica incapacidad para realizar su trabajo con eficiencia y que cada vez se preocupan menos por disimular que nos representan, ya que sólo se sirve a sí misma. Y es que, si lo miramos bien, el caso de la presa del Zapotillo es emblemático en el sentido que nos muestra la realidad de cómo nuestras élites hacen todo lo que está a su alcance para beneficiarse, sin importarles un comino el destino de los habitantes del país.

La presa El Zapotillo —hay que decirlo con todas las letras— es un proyecto  concebido para beneficiar a la ciudad de León, y para que una empresa española, realizando una mínima inversión, realice un negocio multimillonario llevando el agua a aquella ciudad sacando provecho de una cuantiosa inversión pública. El asunto de que es para traerle agua a Guadalajara, es secundario y surgió luego del rotundo y predecible fracaso de Arcediano. En suma, es resultado de un arreglo cupular y en lo oscurito entre las élites, que de manera destacada incluye a un expresidente cuyo rancho va a beneficiarse con los caudales provenientes del río Verde.

A ninguno de los participantes en el enjuague le importa un carajo el destino de la cuenca del río Verde, ni el daño a las actividades productivas de sus habitantes. Tampoco les preocupa —seguro lo consideran daños colaterales— la desaparición de los tres pueblos que su depredador proyecto va a inundar. Así, y en su calidad de vocero de los beneficiarios del proyecto, el secretario responsable de tutelar nuestros derechos ecológicos —y que no le concede valor a las palabras—, fue enfático al asegurar «no se pueden parar las actividades económicas, industriales y el comercio por falta de agua», refiriéndose a las ciudades de León y Guadalajara.

Aunque perfectamente pudo estar refiriéndose a la cuenca del río Verde.