Barrio de pasiones

Paisajes contrastados

Por alguna razón a la que no encuentro explicación racional alguna, cuando alguien menciona la palabra «paisaje» en referencia al arte, en automático imaginamos una pintura o fotografía (o lo que sea) campestre, de preferencia bucólica. La noción de paisaje rural prevalece en el imaginario colectivo por encima del urbano, aunque ambos cuenten con una casi idéntica tradición en la pintura occidental. Ahí tenemos a paisajistas urbanos de alto nivel como Canaletto y sus detalladas composiciones de Venecia, o, mucho más para acá, las pinturas de Edward Hopper, que logró capturar el espíritu de las ciudades estadounidenses.

Si bien el arte obedece sus propias reglas y no está supeditado a condicionante alguna, lo cierto es que los artistas son cronistas de su entorno y su época: el pintor —el novelista, el compositor— trabaja sobre lo que conoce, lo que siente, lo que impacta sus sentidos. Así, la pintura nos ofrece una gran cantidad de información referente a su autor y su contexto. Se me viene a la mente la trilogía de películas de Pier Paolo Passolini a partir de clásicos de la literatura erótica, El Decameron, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches, para cuya impecable ambientación se apoyó en esos documentos visuales que son las pinturas.

Salvador Rodríguez (1956) es un notable paisajista urbano. Pertenece a la generación que emergió en la década de los ochenta (en Guadalajara la referencia  —el hito— es el Taller de Investigación Visual), con una propuesta plástica regida por el rigor estructural que ofrece el dibujo, la fuerza que emana de la búsqueda de la contundencia en la expresión y la voluntad de explorar en las zonas más oscuras del hombre contemporáneo. Y si bien como la mayoría de sus colegas se inclinó por el tratamiento de la figura humana, Salvador además encontró y ha venido explorando una rica veta plástica en el paisaje urbano.

Fiel a su concepción plástica, Salvador no se interesa en la artificiosa «ciudad de las rosas» (aunque en algunos de sus cuadros aparezcan rosas), la Guadalajara de la promoción turística. Chava se interesa —utilizando los recursos plásticos que domina— en las partes más oscuras de la ciudad, las que están presentes en la realidad cotidiana de los ciudadanos: sus paisajes urbanos son, entonces, reallities, una invitación a comprender la ciudad como en realidad es, sin afeites. Sus retratos de Guadalajara son oscuros, resueltos en negros, ocres y, por ahí, algunos rojos y amarillos, que por lo general son la fuente de luz.

Si bien la figura humana está generalmente presente (una pareja apenas iluminada por la débil luz de una farola, camina apresurada…), los pasos a desnivel, los postes, los alambres, los automóviles que pasan dejando tras de si una estela luminosa roja y amarilla, ocupan un lugar protagónico. Sin embargo, últimamente los paisajes urbanos de Salvador incorporan algunas notables novedades: ahora nos ofrecen una explosión de luz y color, tratamiento pictórico que no implica el abandono de la lealtad con su personal compromiso de hacer visibles las partes de la ciudad que los políticos y promotores turísticos intentan ocultar.

Y es que, más allá de sus aciertos plásticos, de su oficio y de su talento, un valor que ha caracterizado a lo largo del tiempo al trabajo de Salvador Rodríguez, es su consistencia, su compromiso de hacer visible lo que muchos quisieran que no lo fuera, aunque forme parte vital de la metrópoli. Chava es el cronista visual de la ciudad que, en su empeño, ha logrado capturar el espíritu de la Guadalajara del cambio de siglo, aquella en la que igual encontramos bellos jardines, baldíos con llantas, tenis que cuelgan de los alambres, hermosas casas y sombríos puentes bajo los que se refugian los olvidados de siempre.

Se trata, en suma, de paisajes con Grafiti.