Barrio de pasiones

Democracia de papel

En lo personal creo que se trata de un debate tardío pero, por otra parte, me parece perfecto que la abdicación de Juan Carlos de Borbón, abra la posibilidad de discutir la disneylándica democracia española. Y es que, merced a un impecable manejo de relaciones públicas, las élites españolas y sus aliados políticos han logrado hacer prevalecer la idea de que la democracia española rechinaba de limpia, y no sólo eso, sino que además el pueblo español se la debía a una persona —el propio Juan Carlos—, como si la democracia o las libertades individuales fueran graciosa concesión de su majestad y no algo que se gana a pulso, día a día.

La monarquía fue impuesta por el golpista Francisco Franco, quien además se saltó las líneas sucesorias naturales de la corona, para imponer a Juan Carlos como rey de España (¿por la gracia de Dios?). A la muerte del generalísimo que no ganó ninguna batalla importante, el Borbón se vio forzado a enfrentar el hecho de que no tenía muchas salidas: resultaba inconcebible —e imposible— a esas alturas del partido sostener el régimen por la fuerza, sobre todo si quería integrarse a una Europa en pleno proceso de modernización democrática (aún prevalecía por entonces la visión europea de que «África comienza en los Pirineos»).

Fue entonces que el franquismo sin Franco, encabezado por Juan Carlos, propuso una monarquía parlamentaria, a contrapelo de que la Segunda República Española fue interrumpida precisamente por la asonada de Franco (quien, por cierto, logró que su «movimiento», fuera llamado «guerra civil» y no por su verdadero nombre: golpe de estado). Así, y gracias a los buenos oficios de un hábil político, lograron un pacto con los partidos recién legalizados. El referendo por la Constitución de 1978 fue más un chantaje que un ejercicio democrático, pues la pregunta de fondo en realidad era: ¿por quién votas, por la monarquía o por la dictadura?

Pero no todo se limita a la falta de legitimidad de origen, pues el problema es más profundo, ya que como está concebida la monarquía, en realidad es una continuidad de la dictadura con un barniz democrático. El artículo 14 de la Constitución de 1978 señala que todos los españoles son iguales ante la ley, lo que corresponde a un Estado democrático. Sin embargo, en sus artículos 56, 57, 61, 64 y 65, tiran el talante democrático por la borda, pues ahí se aclara que en España hay algunos más iguales que otros, pues establecen una serie de privilegios para la familia real, que ningún otro ciudadano tiene. ¿Democracia? ¿En serio?

El código penal español tipifica el medieval delito de «injurias a la Corona», que ha sido la causa, en reiteradas ocasiones, para que periodistas, cantantes, activistas, políticos y hasta militares, fueran encarcelados o en el mejor de los casos multados, por expresar sus opiniones sobre el rey o su familia. Incluso en el caso de Arnaldo Otegi, que fue condenado en 2005 a un año de cárcel por sus declaraciones sobre la conducta del rey, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ordenó al Estado español, en 2011, a indemnizarlo, por concepto de daños morales, con 20,000 euros por «vulnerar la libertad de expresión de Otegi».

O tenemos el caso de la revista satírica El Jueves, que en su portada del 18 de julio de 2007 publicó una caricatura del príncipe Felipe y su consorte en pleno acto sexual, mientras que el primero exclamaba: «¿Te das cuenta? si te quedas preñada… ¡… eso va a ser lo más parecido a trabajar que he hecho en mi vida!», en referencia al reciente subsidio de 2,500 euros, por cada niño español que naciera. Como en las más refinadas dictaduras, la policía secuestró el tiraje y los autores de la caricatura fueron consignados y más adelante sentenciados a pagar una multa de 3,000 euros cada uno, por «injurias a la corona». ¿Así, o más democráticos?

Como bien dice mi hermana Tere: los reyes y princesas a Disneylandia.

Todo lo que comienza termina. Después de casi 150 colaboraciones, llegó el momento de moverse para explorar otros espacios, buscar nuevos paisajes. Pero antes quiero hacer público mi agradecimiento a Diego, Jaime, Ramón y todos los editores de cultura por su hospitalidad, especialmente a Alfonso. Lo que sí, siento que nunca terminaré de pagar mi inmensa deuda de gratitud para con mis contados y pacientes lectores.