Barrio de pasiones

"Déjà vu"

Si mal no recuerdo, fue hace poco más de un año que me invitaron a participar en la presentación de un singular libro de José Rosas Moreno en Lagos de ídem. Al día siguiente —luego de una deliciosa comida en casa de Fernando Solana, en compañía de pura gente de primera y cuya sobremesa se extendió hasta los bordes de la noche—, decidimos caminar por el disfrutable centro de la ciudad. Conforme nos acercábamos a la plazuela del antiguo convento de Capuchinas, el estruendo de eso que han dado en llamar «música grupera», invadía groseramente todos los rincones: resulta que en la Casa de la Cultura se celebraba la fiesta de una boda.

Cuando pasamos por el frente pudimos ver el venerable patio del antiguo convento de Capuchinas convertido en pista de baile, con toda la parafernalia de luces y bocinas que se acostumbra en esos casos. Alrededor de la improvisada pista, en las mesas departían los invitados: harto alcohol. No sé porqué —ahora que lo racionalizo creo que tal vez fue por la vibración de los bajos— en ese momento recordé el mural que a principios de los años sesenta, Gabriel Flores plasmó en el cubo de la escalera del edificio y que es un magnífico ejemplo de cómo los muralistas de la tercera generación se asumían como pintores cortesanos.

El lunes pasado desayuné con la noticia de que en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara se celebró la fiesta de una boda el sábado por la noche. Y, preocupado, de inmediato me pregunté ¿pondrían «música grupera»?, pues recordé tanto el estruendo como los murales —tal vez deba decir, las obras maestras— que José Clemente Orozco pintó ahí. Sin embargo, en sentido estricto hay muchas otras preguntas que debemos hacer antes, tales como ¿es correcto que los edificios públicos patrimoniales (el Cabañas, la Casa de la Cultura de Lagos, el de la Universidad…), se renten para cualquier tipo de francachelas?

O, dicho de otra manera, ¿los funcionarios que —temporalmente, no lo olvidemos— están a cargo de cuidarlos, pueden hacer lo que les venga en gana con nuestros edificios, a los que —por cierto— asignamos un uso específico para lo que invertimos una buena cantidad de recursos? Incluso, en plan pragmático, me pregunto ¿el edificio de la Universidad —más allá de su designada vocación de museo, del tesoro artístico que conserva y de la fuerte carga simbólica que representa— es el espacio apropiado para realizar la fiesta de una boda? ¿Se debe alquilar —privatizar— sólo para complacer el pésimo gusto de un rico nuevo?

En busca de una justificación, la directora del museo declaró que —mal de muchos…— en otros museos del orbe se realizaban fiestas, que la actividad museística se relacionaba con las copas —aludiendo el tradicional coctel inaugural— y que con el alquiler del sábado había cobrado algo así como 350 mil pesos, la tercera parte de su presupuesto anual. Lo que parece ignorar es que los museos serios que obtienen ingresos por ese concepto, alquilan lugares especialmente diseñados para fiestas y que un coctel de inauguración de una exposición no es precisamente lo mismo que la pachanga de una boda, «música grupera» incluida.

En cuanto a los fabulosos ingresos, cualquier pretensioso salón de fiestas de la ciudad, cobra más. Muy mal negocio, por donde se le vea. Siempre me ha resultado difícil tomar en serio al Museo de las Artes, en primer lugar por las limitantes físicas del inmueble, que está lejos de ofrecer los espacios idóneos para su función; además de que, aún veinte años después de su apertura, no ha logrado concretar un carácter de institución generadora de conocimiento, y, por si ello fuera poco, está su poderosa e incuestionable carga simbólica: el edificio es la Universidad. De manera que, ¿en serio queremos alquilar la Universidad como salón de fiestas?

Y también me pregunto ¿será el karma de don José Clemente?