Barrio de pasiones

Cuestión de oficio

A finales del año pasado recibí una invitación para moderar una mesa redonda en los festejos organizados por el Centro Universitario de la Costa, en las celebraciones del cincuenta aniversario de La noche de la iguana. Y es que, como seguramente ustedes saben, su filmación en Mismaloya fue un detonante para que aquella pequeña villa de pescadores, se convirtiera en el destino turístico mundial que ahora es Puerto Vallarta. La asistencia de estrellas de Hollywood como Richard Burton (con Elizabeth Taylor en ristre) y Ava Gardner, y el potencial escándalo que representaba su presencia en ese momento, atrajo la atención de la prensa mundial.

    Y es que resulta que la mayor parte del elenco, y aún algunos técnicos, habían tenido sus queveres unos contra otros, de manera que la expectativa era que aquel choque de egos en un ambiente aislado y sin comodidades, más la presión del rodaje, acabarían por desbordar las pasiones. Como acto inaugural, el director John Huston —responsable de que la película se hiciera en Puerto Vallarta y no en Acapulco, donde Tennesse Williams imaginó la historia—, regaló «solemnemente» cinco pistolas doradas a Burton, Taylor, Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyons, cada una con cuatro balas de oro con el nombre de los otros grabado.

    En lo personal creo que todo fue un ardid publicitario, muy al estilo de los que acostumbran emplear los grandes estudios de Hollywood. Al final, no pasó nada, pues todos convivieron en santa paz y nadie recurrió a su aúreo revólver. Tengo recuerdos muy borrosos de La noche de la iguana. Aún así, o tal vez por ello, creo que califica perfectamente como churro hollywoodesco. Conservo, esa si nítidamente, la imagen de «el animal más hermoso del mundo» —no recuerdo ahora quién bautizó así a Ava Gardner—, fumando y rodeada por dos pintorescos jóvenes lancheros que, maracas en mano, todo el tiempo bailaban a su alrededor.

    Cuando me invitaron a moderar la mesa redonda que mencioné, de inmediato me puse a investigar, pues para cumplir con cierta dignidad el encargo no alcanzaba con mis borrosos recuerdos de La noche de la iguana. Y fue así como descubrí que la película es inconseguible: la busqué por todas partes y no la encontré. Un amigo me prometió una copia que nunca llegó. En esas estaba, cuando me enteré que John Huston —sin duda el principal protagonista de la historia-romance de Puerto Vallarta con el cine de Hollywood— escribió A libro abierto, texto autobiográfico que también me resultó muy difícil de conseguir.

    Después de algunos intentos, y gracias a los buenos oficios de Guillermo Vaidovits, pude hacerme de una copia, sólo que en formato electrónico. Ni modo. Sé que más de alguno de mis doce-trece imaginarios lectores no va a estar de acuerdo conmigo del todo, pero francamente, ¡qué horrible experiencia es la lectura de e-books! Es casi tan espantosa como fumar cigarros electrónicos. Los sucedáneos siempre tienden a ser malos. El caso es que en mi desesperación, finalmente encontré la manera de imprimirlo y, entonces sí, una vez en papel, a leerlo. Mis esfuerzos fueron ampliamente recompensados: A libro abierto, es un gran libro.

    Digamos que John Huston no era santo de mi devoción: ninguna de sus películas se encuentra en mi personal lista de las cien mejores que he visto. Sin embargo, A libro abierto de inmediato encontró un lugar importante en la lista de las mejores autobiografías que he leído. Muy bien narrado, con un lenguaje directo, sólido y sin complacencias, el cineasta nos cuenta el periplo de su vida, iniciada en Missouri, con sus recuerdos infantiles del abuelo Gore y su Colt 44, finalizando en Las Caletas, su casa de retiro allá por Yelapa, en el municipio de Tomatlán. Y es que si lo reflexionamos, A libro abierto tenía todo para ser un buen libro.

    Finalmente, el oficio de cineasta es el oficio de contar historias...