Barrio de pasiones

Capacitación

La Universidad de Guadalajara ofrece una maestría en gestión cultural que en 2014 cumplió diez años. Para celebrar el aniversario realizaron una serie de actividades académicas y de otra naturaleza, una de las cuales consistió en un encuentro al que se convocó a los alumnos —actuales y de las anteriores generaciones—, a la que fuimos invitados Alfredo Sánchez y el redactor de estas líneas. Fue una muy buena experiencia, ya que se contrastaron las visiones de aquellos que nos formamos a tiros, jalones y empujones y las nuevas generaciones que cuentan con la oportunidad de una formación escolástica que nosotros no tuvimos.

En lo personal pienso que la gestión cultural no es una profesión sino un oficio. Por lo mismo, no es algo que se pueda aprender en las aulas, sino que se trata de habilidades adquiridas por medio de la experiencia. Sin embargo, aún sabiendo cómo pienso, los organizadores no tuvieron empacho en invitarme a su fiesta. Inevitablemente se discutió el asunto. Entre otras cosas, y con el fin de que comprendieran mejor mi posición les recomendé un texto escrito por Gabriel Zaid titulado «Licenciados en natación», que resulta muy esclarecedor del papel de la academia y el de la práctica en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

En la reunión también se abordaron otros temas, tales como lo pantanoso que resulta hablar de proyectos «exitosos», a partir de únicamente su capacidad para generar recursos o convocar gente, pues hay toda una serie de criterios —de calidad, de formación, de capacidad transformadora…— que tienen fundamental importancia a la hora de calificar de «exitoso» o no a determinado proyecto. En ese contexto fue que recordamos el sabio dicho de don Jesús Reyes Heroles, cuando, en su calidad de secretario de Educación Pública, aseguró con pesar que la verdadera Secretaría de Educación Pública de México, desgraciadamente es Televisa.

Asimismo, se discutió sobre el crecimiento de las iniciativas ciudadanas —personales o de grupo—, que representan una gran aportación en el enriquecimiento y la diversidad de la vida cultural de la ciudad, la mayoría de las veces aún a pesar de las dependencias oficiales. Y, por supuesto, se habló de la utopía de pensar en una muy deseable «profesionalización» de los organismos gubernamentales de cultura. Lo que en lenguaje llano vendría a significar que los cargos públicos tendrían que recaer necesariamente en personas con el perfil y la formación adecuados para realizar sus tareas y no en los cuates o compadres del gobernante en turno.

 Y digo «utopía», pues es ahí donde la experiencia nos ha demostrado reiteradamente que es un tema difícil. Y se abordaron algunos casos concretos, entre los cuales destaca, por escandalosamente emblemático, el de un tal José Maximiliano Larios —cuyo expertisse se limitaba a ser el jardinero de la señora Cecilia Wolf— y quien no obstante ello, logró la «proeza» de conseguir tres empleos en otras tantas dependencias culturales: el Ayuntamiento de Guadalajara, el Museo de Arte de Zapopan (donde ocupó un cargo equivalente a una subdirección) y el Instituto Cultural Cabañas, siempre, claro está, a la sombra de su patrona-madrina.

Eso durante el panismo. Los de ahora no cantan mal las rancheras, pues tenemos el destacado caso, entre otros, de la directora del pseudomuseo del Palacio de Gobierno, que con un salario mucho más alto que el de por lo menos los dos niveles jerárquicos superiores, en realidad trabaja de mamá del presidente municipal de Zapopan. Así que, con todo mi pesar les recomendé a los alumnos de la maestría en gestión cultural, que si en realidad deseaban ocupar algún cargo cultural en la administración pública, el camino no era prepararse como lo estaban haciendo ellos, sino hacerse cuate —o tal vez jardineros— de algún político con futuro.

Y es que al parecer el criterio es mientras menos preparados, mejor.