Casta Diva

El taxi del escritor

La fuente de información, registro de opinión y colaborador fantasma más usado son los taxistas. Cronistas, reporteros, escritores, críticos, novelistas, todo el mundo recurre a la opinión del taxista que los trasladó a la locación del evento que iban a cubrir o es parte de sus narraciones, es un vicio preguntar a este individuo que es esfinge al volante. Ante este protagonismo que ocupa en miles de textos y que ya es un canon, sugiero que los sindicatos de taxistas, sitios y demás asociaciones exijan a la Secretaria de Educación Pública SEP un curso intensivo de capacitación de cultura general para que sus imprescindibles opiniones estén fundamentadas y puedan exigir un crédito en los textos en los que aparecen. Con la cantidad de líneas que han inspirado y los artículos en los que su voz es la rectora del reportaje o crónica, deben pedir en Derechos de Autor que su nombre, número de vehículo y ruta sean especificados en cada texto para que se respete su aportación autoral. Es muy injusto que si todas las plumas recurren a ellos únicamente los mencionen como “el taxista que me llevó”, si a los autores les falta criterio personal o son incapaces de analizar la realidad y los hechos por si mismos al grado que necesitan recolectar la opinión del taxista, entonces sean honestos y denle el crédito que merecen estos choferes-sabios-parlantes. Comenzar un texto con las palabras del taxista o remitir la conclusión a lo que el taxista dijo se ha convertido en un recurso tan necesario en las letras que se podría hacer una encuesta y verán que es más usado que las oraciones impersonales. Las letras nacionales se pelean los lugares comunes, se arrebatan la repetición, depredan la imitación pero lo más grave es que evaden la responsabilidad de generar una idea y se la endosan a un taxista. Los escritores y tertulianos son incapaces de apreciar un hecho y lo tienen que cabildear, para sus arribistas poses tocar el popular terreno llano es interrogar al chofer, y suponen que pagar por un trayecto incluye una sesión de opinión pública.  Cada vez que alguien incluye en su texto o en la investigación de un reportaje las elocuentes palabras de su chofer me pregunto porque los periódicos y revistas no contratan una flotilla de taxis como informantes o por lo menos instalan en los taxis micrófonos ocultos para dar seguimiento a sus conversaciones con todos los usuarios.  En las escuelas de escritores y cursos para hacer novelas y cuentos urge que incluyan clases de sintaxis y de cómo interrogar al taxista para rellenar la novela o iniciar un cuento, así como creación de personaje y diálogos cotidianos con la voz del chofer. La opción vivencial es la más efectiva: que todas estas plumas, es decir escritores y escritoras que tienen acceso a publicar, y que recurren a este lugar común del taxista, deben emplearse ellos mismos como taxistas para aprender cómo generar una voz, cómo aportar una opinión y cómo dialogar.