Casta Diva

Imágenes para soñar en las barcas

La tragedia y la esperanza flotan en el mar, se vuelcan en su oleaje que arrastra lo que se traga para contarnos sus historias. Dejar el hogar para buscar en otro lugar la promesa que la propia tierra no cumplió, convertirse en un extraño y vivir en la nostalgia, es una decisión dolorosa, que se emprende aún en contra del inminente fracaso. Los emigrados son vistos por su gente como renegados  y el país de destino los convierte en extraños o enemigos; en un lugar los señalan por lo que no quieren dar y en el otro por lo que se teme que vienen a quitar. La humanidad ha escrito su historia con las migraciones,  los seres humanos somos animales que migran constantemente, temporal o permanentemente, hemos formado una gran voz poblada con el mundo entero. Lo que nos ha hecho civilizados hoy es intolerable y perseguido, es un crimen y es condena de muerte. El horror de las frágiles barcas que trasladan vidas que huyen de una desolación que vence el miedo de lanzarse al mar, se muestra con la tragedia de los cuerpos flotando y la indiferencia del poder. Llegar es un crimen, morir es un castigo que los países pactan con su negligencia criminal. El mural Travesías y Naufragios que Pavel Égüez ha pintado en las paredes del Centro Cultural “Casa Égüez”, en Quito, Ecuador, describe lo que nadie ve, los cuerpos de mujeres, niños y hombres hundidos en la profundidad del mar, el dolor de sus gritos, el estertor de sus cuerpos, esa visión que silencia el océano. El mural nos sumerge en la agonía, el dramatismo que tiñe de azul las lágrimas con pintura que se escurre por las paredes, el abrazo de la madre que se niega a soltar a su hijo, un abrazo que lo cobija de morir solo. Las paredes azules, el trayecto que nos hace caminar en ese mar que no ven los dirigentes, que no ven los noticieros, que no ve la opinión pública, que niegan con falsos lamentos y con excusas legales. El movimiento de los cuerpos que se disuelven en el oleaje, que se funden con su tumba, no pueden rechazar la condena, se abrazan para no estar solos. Pavel Égüez pinta con dolor este mural, nos obliga a ver lo que él mismo siente, más allá de la solidaridad está la fuerza del arte que entra en lo invisible, que se arriesga a crear algo que no está al alcance de la realidad social, esta tragedia es inaccesible. Son los Naufragios eternos, los de hoy, los de hace miles de años. Homero convoca en la Odisea a la Musa para que ella le narre el peregrinar errante de Ulises, “tratando de salvar su vida y la de sus compañeros y volver felizmente a su patria”,  Égüez no convoca a la Musa, pinta su indignación y la convierte en arte, le da poesía, el cromatismo de los azules nos envuelve en la cadencia del lamento. El mural Travesías y Naufragios describe la negligencia del poder que utiliza la fuerza del mar como arma, y para decirlo el espacio nos sumerge, y nos hace ver los eternos instantes de la muerte. No volverán, no llegarán, para la sociedad son estadísticas, son una “noticia de actualidad”, para el arte son eternos, el mural es la imagen que guardaremos y que veremos cada vez que se lance la mar una barca con decenas de existencias. La corriente del egoísmo se lleva a los más vulnerables, el mar es el gran testigo. El egoísmo social nos está arrastrando, las tragedias que presenciamos no son suficientes para sensibilizarnos ante lo que nos estamos convirtiendo. La humanidad completa se hunde, se ahoga cada vez que una de las barcas no alcanza a llegar a su destino.

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