Casta Diva

Arte público, desastre público

El entorno urbano está en perpetua invasión de vendedores ambulantes, construcciones arbitrarias, paraderos de microbuses, restaurantes y “obras de arte”, la ciudad es una aglomeración anárquica. El arte urbano tendría que aportar belleza y referencia al espacio, que lo recordemos y lo apreciemos por las obras que le dan estructura visual. La desgracia con estas obras es que en la mayoría de los casos no se deciden por el criterio artístico, arquitectónico y urbanista, son un asunto de la megalomanía de los gobernantes. El desastre se agrava porque son enormes y no hay manera de evitar verlas, el caso reciente más penoso es el monigote que llaman escultura de Sebastián comisionado por el gobierno del Estado de México, pero no es el único: las cosas de Rivelino, la vergonzosa Estela de luz, las intervenciones en espacios públicos, estatuas conmemorativas, y esculturas esparcidas estorbando. Esa modalidad de la demagogia que llaman graffiti tan explotado por los gobiernos. El limbo jurídico y de responsabilidades tiene paralizadas las obras de reparación del daño de la estatua del Caballito de Manuel Tolsá. Es oportuno que ahora que estamos estrenando Secretaría de Cultura se establezca una comisión que vigile y apruebe estas obras, con incidencia a nivel nacional para que intervenga y frene a los gobiernos estatales y de las ciudades que no conocen la racionalidad cuando se ponen creativos. Frenar a la voracidad inmobiliaria que está acabando con construcciones antiguas de arquitectura de gran valor, es otra de las tareas de esta comisión, así como las restauraciones de edificios que se deben poner a concurso público y no comisionarlas a dedo con criterios nefastos. La invasión del espacio que hacen los anuncios, las cabinas telefónicas, el mobiliario urbano que en muchos casos más que ayudar entorpece la circulación, la remodelación de camellones, son aspectos que deben decidir urbanistas, arquitectos y artistas. Consideremos intervención pública también a los festivales y eventos que realizan en las plazas y calles, ese azote del populismo, inundan el espacio con puestos de comida, escenarios, baños, franeleros, y un espectáculo que incluye la contaminación auditiva. Eventos de esta naturaleza deben valorar el desgaste y deterioro que dejan ya que los retiran, no arrojarlos a la calle en un afán destructivo. Las ciudades no dan para tanta megalomanía, ignorancia y demagogia, y esto es a nivel nacional, por un lado no conservan los espacios históricos, los murales, los edificios con verdadero valor arquitectónico y por otro comisionan esperpentos que pasan a la postrera ignominia. Es prioritario que exista un grupo de expertos que hagan estudios, propuestas y den seguimiento a las licitaciones y comisión de estas decisiones. Cada periodo se van los gobiernos y dejan tras de sí una colección de despropósitos urbanos que afectan a largo plazo, y despilfarraron recursos. Con que las calles estén limpias es suficiente, no se pongan artísticos. 

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