Casta Diva

Los cisnes salvajes de Paola Celada

Cada adulto es un damnificado o un sobreviviente de su propia infancia. Los recuerdos de la infancia son sueños que emigran a la pesadilla. Es imposible asimilar todo lo que hemos vivido en ese lapso, y vislumbrar si esos hechos fueron reales o los inventamos. Los niños son mentirosos innatos, a la fantasía de una edad fugaz se suma la invención del que no conoce el mundo, que intenta codificar y comprender a la realidad y lo hace con ficciones. En los siniestros cuentos infantiles decimonónicos las aventuras son dolorosas: a Karen la niña que baila le mutilan los pies en los Zapatos Rojos de Hans Christian Andersen. Los padres dejan a sus hijos en el bosque para que las bestias los devoren y se refugian en una casa de dulces habitada por antropófagos y hornos para cocinarlos. Estas metáforas desacralizaban a la infancia, describían la vulnerabilidad de un ser que es ignorante, inocente y débil. La infancia es así, y los niños para defenderse se hacen crueles o aprenden a soportar el paso lento del tiempo, hasta que puedan ser otra persona. Henry James en Otra vuelta de tuerca inventa dos niños hermosos, huérfanos y malvados, establece que son frágiles, pero que están aprendiendo a ser peores que el mundo, y que la belleza está en esa tragedia. La obra de Paola Celada recrea con barroquismo la infancia, está presente esa vuelta de tuerca y la nostalgia fetichista de algo que se fue. Regresar puede ser doloroso, y Paola para ubicar este estado en una narración visual usa el recurso de Henry James, lo hace espectral y ambiguo. Lleva a un bosque a una niña que no vemos, tal vez ella misma, y pinta su vestido con detalle en un vidrio, en el fondo están los arboles, el vestido flota, se va, la inocencia se quedó entre esas ramas, en la oscuridad de la maleza. Densos ensambles encapsulados en cajas, satura el espacio pictórico con talismanes: conchas, encajes, piezas de metal; un espacio casi rococó, un altar para que la inocencia pueda ser ofrendada, juegos inocentes que estallan en un grito: una niña azul llora, pregunta si la vida cambia, una jaula le cuelga del cuelo y unos pájaros clavados con agujas anidan en su cabeza. La vida no cambia, nosotros aprendemos a morir poco a poco. A los niños también se les rompe el corazón. Un niño puede morir de desolación y conocer el desamor. El sobre valorado amor adulto, el romance de película impide que entendamos a las emociones infantiles. Es dramático vislumbrar las consecuencias de que alguien que sabe tan poco de la vida pueda sentir grandes pasiones y sumergirse en ellas pero así sucede, por eso en la edad adulta mutilamos a los sentimientos, para no regresar a ese tormento. Las pinturas de Paola Celada toman ese riesgo, son Los Cisnes salvajes que regresan a esas emociones. Interviene ropones de bautizo con dibujos de ramas, espinas y flores, que flotan en un limbo, la purificación quedó suspendida, como los niños de Henry James que pierden la inocencia sin abandonar su cuerpo infantil.