Casta Diva

El arte se hace un "lifting"

El arte es dinero y es mercado. Es un objeto de consumo que demuestra riqueza y que abre la puerta al paraíso de la púbermanía. Las obras imponen una efebocracia con la parafernalia y los códigos que podrían describir a esa persona como joven o con una mentalidad anacrónica que habita en el set de un programa televisión para adolescentes. Las ferias de arte venden obras que podrían ser la escenografía de una versión millonaria de Nerver Land. Los coleccionistas con síndrome de Peter Pan se compran dulces gigantes envueltos en colores, “esculturas” de aluminio pintadas en alta temperatura de Laurence Jenkell. El arte se suma con descaro comercial a esta manipulación del cliente desesperado por tener a su lado algo que emane juventud. Jeff Koons ha llevado esto a los límites del mullido diván siquiátrico con pinturas de Hulk, de Popeye, gigantes corazones de color rosa, reproducciones en metal de juguetes inflables, conejos, cocodrilos, su obra es una sucursal de la juguetería de Gepetto. Estas obras decorativas saturan el espacio de una atmósfera de felicidad instantánea, invitan a tener en el salón de la casa una alberca de pelotas de goma en lugar de sillones. Los galeristas y los artistas saben que esta angustia de ver el tiempo pasar se compensa con el consumo. Ofrecen ositos de peluche vestidos con pantalones de cuadritos, o paletas de caramelo, helados derretidos, y tubitos azucarados, de Desire Obtain Cherish, todos tamaño carb addict , y por supuesto el nombre del artista es el manifiesto y concepto de este estilo. Murakami se apropia de los dibujos de mangas japonesas de pornografía soft, vende las esculturas en más de 100 mil dólares y hasta impresiones digitales de 2 mil. Comprar estas estas obras es hacerse un lifting sin cirugía. Los artistas que las crean hace décadas que dejaron de ser jóvenes, pero si su obra es un chistorete, se apropian de los cartoons de Felix the cat, o colocan muñecas y pelotas, aún están en woderland, pueden convencer a los mecenas de que su obra es “arte joven” “expresiones emergentes” y que abordan “temas irreverentes que provoquen una ironía”.  A los artistas, como a los coleccionistas, les urge no envejecer, la angustia de Madonna ahuyentando al tiempo con una jeringa de botox no es exclusiva de ella, la vive Tracy Emin haciendo neones con frases de canción de verano y la comparte Douglas Gordon apropiándose los programas de Star Trek, ya no son Young y tampoco son Artists pero tienen que seguir en la memoria del mercado como si lo fueran. El mercado del arte se queda con un pedazo de los millones de dólares que se reparten los cirujanos, los diseñadores de moda, y la industria del consumo efebo que narcotiza a la tragedia de envejecer. Ir a una feria de arte, entrar a un museo, es una experiencia similar a la de estar en un parque de diversiones con un bonus track: el que gaste más dinero en este lifting artístico es el más influyente entre curadores, galeristas y artistas.