Casta Diva

Videoclip y videoarte

Desde que los Hermanos Lumiére inventaron el cine la imagen en movimiento no ha dejado de evolucionar. La demanda del mercado del cine y la publicidad oscila entre el trabajo puramente comercial y de nula calidad hasta obras de arte que revolucionan la noción que tenemos de la narración en línea continua. La calidad buena o mala no es exclusiva de los trabajos comerciales o de los artísticos, hay anuncios publicitarios realizados por cineastas que tienen más calidad que muchas películas que se presentan en festivales y bienales. Lo mismo sucede con el uso del video como soporte en el rubro de videoarte, ahí vemos piezas que carecen ya no digamos de calidad en su realización, además son pretenciosas y con un nivel intelectual y de imaginación penosos. El video arte ha establecido un canón de la infra realización como sello de su provenance, de su identidad. Por otro lado está la industria del videoclip musical con obras de intenciones puramente mercantiles, se trata de vender discos y a un cantante, y tiene piezas con mucho más nivel que otras que se exponen en museos. En una exposición vemos un video de una señora que barre y se supone que es arte, un plano secuencia eterno, con la luz mal pensada, con una toma sin propuesta estética, sin más acción que la monótona y anodina de barrer. Este fenómeno se da porque el espectador del video clip, así como los que comisionan estas obras, son infinitamente más exigentes que los curadores y artistas que trabajan con el mal llamado videoarte. La industria sabe el valor que tiene ante el público la realización de estos trabajos y que muchas veces una producción musical depende de que el video esté realizado con creatividad, calidad técnica y que sea innovador. En cambio en el videoarte nunca se cuestionan si la imagen de una mujer gritándose a sí misma en el espejo, diciendo naderías y lugares comunes tiene de verdad una aportación que rebase lo que el cine, la televisión y la publicidad han hecho con la imagen en movimiento. La industria exige un estándar de calidad visual impecable, quiere lo mejor y paga por eso, si el video es horrendo asumimos que el artista es mediocre, sin importancia y es un producto que desechamos. En un museo hacen de las carencias del video parte del lenguaje, y en una situación completamente abusiva, muchos creadores de videoarte toman anuncios publicitarios, películas y videoclips y los depredan mutilándolos y plagiándolos para sus obras, con el agravante que son trabajos que ellos mismos están incapacitados para realizar. Los videos de William Kentridge que son piezas de gran belleza, realizados con sus propios grabados y dibujos que filma él cuadro por cuadro, son una rareza en este rubro del arte que se empeña en su mala calidad. Los videos de Kentridge son parte de sus montajes de ópera y expanden su obra gráfica, pero para los curadores del MoMa de Nueva York o de la Bienal de Venecia son trabajo obsesivo que no entienden y obra pensada para llamar la atención.

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