Casta Diva

Racismo y violencia social

Adoptamos ciertos términos para relativizar problemas que no queremos resolver. En México decimos discriminación y no decimos la verdad: racismo, somos un país racista. Despreciamos los rasgos indígenas, las preferencias sexuales y religiosas, tenemos un estatus de lo inaceptable tan prejuicioso y violento que se aplica sin compasión y sin la más mínima consciencia social. Esto es parte de la educación, es una realidad que los padres heredan esta conducta a sus hijos, que los maestros no las evitan y que no hay campañas contundentes contra esta disfunción social. Ahora el término de moda es bullying, la violencia escolar, en la oficina y grupos se encierra en un todo que la relativiza. Este fenómeno es un resultado de la irresponsabilidad en la educación, y no es nuevo, durante décadas la sociedad neoliberal alentó la agresividad, el liderazgo, la superioridad, el don de mando y ahora tenemos niños crueles, abusivos, violentos y sin principios que agreden al más débil, al diferente, al de rasgos indígenas. Es parte de nuestra tradicional y mexicana falta de educación tratar mal al que es pobre, al empleado, al que presta un servicio, basta que alguien tenga la precepción de que está un escalón por encima del otro para que se dé el permiso de humillarlo. El bullying es un ataque en grupo, eso hace más ominosa la cobardía, pero recordemos que tenemos años diciendo que los niños deben ser populares, tener grupo de amigos, pandilla, estigmatizando al que es introvertido. El entorno familiar violento produce hijos agresivos, cuando el mal trato es cotidiano y normal no hay distinción en llevarlo a otro ámbito. Para que esto deje de existir lo primero que tenemos que hacer es decirles a las acciones por su nombre y condenarlas abiertamente. Las muestras de violencia del cine, la televisión, los malos modales familiares y sociales están permeando más de lo que pensamos, ¿si la violencia es diversión por qué no divertirse ejerciéndola? Las escuelas por lo menos deberían tener reglamentos que castigaran estas conductas y clases de civismo en las que les dijeran a los niños que esto es destructivo, que el daño es grave. Los niños reaccionan igual que las mujeres que padecen violencia en el hogar: no quieren decir lo que les sucede, se avergüenzan y tienen miedo de que los otros niños vean que cedió y que contó su tragedia. Esto lo único que nos dice es que tenemos una sociedad que no da sitio a la compasión, el niño no espera solidaridad, al contrario, decir lo que siente le va a provocar más problemas. Los niños violentados sufren mucho y los agresores se están dirigiendo a un callejón sin salida, a encontrarse un día con alguien más fuerte que los ataque en una cadena de violencia que se rompe con una situación fatal. Esto sucede en la misma sociedad que hace héroes y santos a los narcotraficantes porque donan dinero a las iglesias, que los admira porque son ricos y poderosos. Veamos en lo que nos estamos convirtiendo, en una sociedad sin ética y salvaje.

www.avelinalesper.com