Casta Diva

Manos de arcilla

Modelar a la realidad, darle la forma que el artista percibe de ella, comunicarse con el material, entender su lenguaje para unirlo a la propia voz. La escultura en arcilla es un arte milenario, un encuentro con nuestra esencia primigenia. La realización de las piezas es el ritual de un material humilde y presente en la naturaleza, que su abundancia empuja a la forma infinita. Reúne los cuatro elementos: la tierra, el agua que le presta humedad, el aire que lentamente la seca y el fuego que la solidifica, la hace casi una piedra. De este material las piezas a veces evolucionan a vaciados en bronce y otros materiales, pero cuando se quedan en la arcilla, las hornean, la sensación de estar frente algo que viene de las entrañas de la naturaleza y que exige del contacto de las manos para existir, tenemos esa noción de presenciar lo eterno. En la orilla de un rompimiento de la existencia Héctor Monroy se sumergió en la escultura con arcilla. Sus piezas son dramáticas, cuerpos y cabezas, personajes y presencias. Los cuerpos se contorsionan en una investigación de esa posición antinatural e imposible que no es parte de la coreografía cotidiana, las pinta con óxidos y pigmentos en ligeros retoques, sin ocultar la material principal, el color del rojizo y terroso de la arcilla. A las cabezas les brotan pájaros, engranajes, peces, cubos huecos, como pensamientos barrocos y desordenados, como palabras abarrotadas. Cada piezas está trabajada con detalle, el tiempo no pasa por el estudio de Monroy, se detiene, espera a que él termina de trabajar, sabe que no tiene prisa, que las piezas no van a estar listas hasta que él lo decida, hasta que las sienta en sus manos como se siente a la vida. Permanecer en contemplación de sus Suicidas, de Ofelia que flota, medusa entre sus cabellos, enredada en los jirones de sus vestidos, semidesnuda con la mirada extraviada. Detener el instante de la muerte, llevarlo a la perpetua presencia del barro, nos hace pensar en el eterno ciclo, en el regreso a la tierra, a la semilla. Para Monroy la complicidad con el material es la fuerza de la forma, el suicidio es pretexto estético, el instante en que se vive la propia muerte, cuando la decisión ya está tomada, en espera de que la vida se diluya. Trabaja con preciosismo, sin limitar el placer que le provocan sus manos con ese material que se suaviza y se entrega como un amante. Las piezas con matronas pariendo, coyolxauhqui antes de dar la vida y ser sacrificada, los estertores de un parto en cuclillas, el rostro deformado por el dolor y el grito. Los cuerpos de Monroy tienen equilibro, la anatomía sin ser realista es consecuente, armónica y desarrollada para expresar lo que él quiere decir, para lograr esa posición o ese capricho estético. Monroy es un ensimismado de la creación, no necesita seguir la igualitaria corriente del arte fácil y prefabricado con teorías, es un escultor libre, que sólo obedece a lo que su obra le exige, al trabajo constante y perfeccionista.