Casta Diva

Huelga general

Es un misterio por qué el consumismo y la convivencia obligada tendrían que hacer mejores a las personas. Lo peculiar de estas fechas es su injustificada carga moral, la suposición supersticiosa de que una reunión con unos cuñados cargantes, unas prójimas pretenciosas y su prole analfabeta-tuitera, postrados alrededor de una cena excesiva y mal cocinada nos brindará el cielo, (esa geografía del iluso) y nos dará un sitio en el corazón mezquino de alguna persona. Esta pesadilla revela las virtudes de la familia, estrecha los lazos de sangre y nos da la clave de por qué en las telenovelas el hijo inteligente y guapo es siempre un error del hospital, porque el resto reboza un ADN patético. Las reuniones de trabajo obligan a intercambiar regalos y alcohol con gente que todos los días ha gestionando su éxito a través del fracaso ajeno, departiendo con música en vivo de un grupo paupérrimo y fingiendo compañerismo. Ese martirio es el pase a una buena relación laboral y a integrase en el capital humano. Las “ilusiones” de estas fechas son una excusa para auto inmolarse en la convivencia con personas y situaciones intragables y se deberían convertir en un pretexto para una revuelta colectiva, un rechazo a ser buenos en los términos del costumbrismo, el consumismo y falta de individualidad. Las fiestas religiosas del pasado tenían el ingrediente fatalista y apocalíptico: se hacia un sacrificio para que el sol saliera, se celebraba un ritual para que la cosecha fuera abundante. Si estos rituales fallaban vendría la peste, la sequía, la guerra. Ahora hay que vivir la depresión post-christmas que provoca el mal viaje de haber cenado y bebido con los chistes de los cuñados, las uñas postizas y cirugías plásticas de las prójimas y los monosílabos de sus descendientes. Nadie escoge a su familia, y casi ni el trabajo, se tiene lo que se puede, pero la verdad es que si esto no puede cambiar por lo menos se puede evitar. Una propuesta es hacer una catártica huelga de consumismo y gula. Sabotear los cines con películas temáticas y prohibir los villancicos. Promulgar una ley laboral que multara a las empresas que hacen intercambio de regalos entre empleados y cancelar la cooperación para el regalo del jefe. Restringir las manifestaciones religiosas que sean contrarias a cualquier ciudadano que no las comparta para sostener la laicidad de la sociedad. Si estas medidas no son posibles, por lo menos aceptar que ir en contra de la corriente es el primer paso para preservar la individualidad, la salud mental, evitar enfermedades gastrointestinales y no desear que un día de estos aparezcan en primera plana los fraudes del cuñado. No creer que la publicidad, las tradiciones y la comida mexicana son el pilar idiosincrático de nuestra nación y que es una obligación sostenerlos en nuestra espalda. Aceptar que el tiempo no es un garante para mantener una mala costumbre como si fuera una condena. Y que si la mayoría hace o dice algo, esto no se convierte en verdad.