Casta Diva

Habitar el vacío

La creación en el arte implica años de trabajo y experimentación, pero también exige largas horas de soledad con el espacio en blanco en el que la obra no existe, ese limbo en el que la creación es una palpitación y es nada. Estar en el vacío de la no acción para poder actuar. El artista pasa mucho tiempo en la factura de obra, pero también debe cesar el trabajo, pasar tiempo en silencio, con sus dudas y detenerse a pensar en la obra, en las propuestas que nacen y se destruyen en el mismo instante. Sin este plazo forzoso la creación se vuelve mecánica, la producción en serie es un aullido desesperado, actividad necia. La creación mecanizada es un escapismo que evita detenerse para no poner en peligro un estado de respuesta fácil: copiarse a sí mismo. La no acción, el esperar delante de la no obra, meditar sobre lo que se quiere crear es un estado que se rebaza a sí mismo, es investigación interna que no se detiene en el cálculo de una idea, el artista se concentra en algo para que eso estalle, le provoque continuar, y si no lo cautiva o estremece, no es lo que está buscando. El artista quiere ser seducido y emocionado por su propio trabajo. Abordar a la creación en la dualidad: con las entrañas y con la razón, con ímpetu y frialdad. Asimilar, digerir y vomitar, es un proceso orgánico, una secuencia natural que se traslada a la creación. Es una torpeza pensar que para pintar basta buen entrenamiento y saber mezclar unos pigmentos, que el dibujo es automático si se tiene método, la creación es más de lo que vemos, es un lapso de vacío, son largas horas de meditación. Observar para representar lo visible, silencio para dimensionar lo invisible. Estar con lo transitorio del paisaje, lo inestable del cuerpo, lo fugaz de la luz. Saber hacer no es garantía para materializar una obra, la forma debe superar a la apariencia y manifestar algo que no es evidente, que es sensación, es indescriptible. La sencillez de una línea que dibuja un espacio está precedida por miles de líneas, esa seguridad de trazarla dejó atrás muchas dudas y sin embargo cada línea es diferente, cada una pide tiempo. Arrepentirse en la realidad es fatalidad y en el arte es oportunidad, porque no hay certezas, en el arte no existe un ideal, el arte es defecto, el arte está en un desequilibrio, en un artificio, en la contradicción. La sensación de que es pleno o perfecto es únicamente porque ya no permite otra intervención, porque está terminado y llegó a un sitio, porque es absoluto. Pensar en la obra es el camino y no es la solución, el trayecto anuncia pero no determina. La trampa formidable es que se puede iniciar una obra después de largas reflexiones, y la realización cambia este plan, se va a otro lado, y emerge algo inesperado. Terminar la obra a ciegas, con intuición, sin el mapa trazado, revela que el artista es un medio y no es la obra, que el arte tampoco es el artista, éste solo deja que se manifieste.