Casta Diva

Goya en la National Gallery

Goya nunca estuvo satisfecho con su obra, sufría depresiones, el caballete lo vencía, vivió el paso del muro al lienzo como un abismo imposible. La pintura fue una obsesión de él con el formato, con lo que se puede hacer dentro de un espacio acotado, no era la comisión, el tema o la técnica, era la comprensión de ese espacio en blanco que debe adquirir un sentido distinto al del muro. La National Gallery de Londres titula esta exposición Goya: The Portraits, es revelador porque el pintor aparece en varias obras pintando, reafirmando la audacia de Velázquez en Las Meninas que puso en primer plano a la pintura, el lienzo alberga arte no al modelo, la realidad o el tema. La pintura es una idea verosímil y autoral, el tema surge a partir de la interpretación. En el cuadro La familia del infante don Luis de Borbón, Goya está presente, es el creador de la escena: don Luis consulta al oráculo con los naipes a la luz de una vela mientras peinan a su esposa María Teresa. El azar vaticinó el destino del artista, gracias a don Luis más tarde Goya sería el pintor de la corte del rey. Es evidente la preocupación de Goya con la iluminación, el contraste de la penumbra del fondo con la luz tenue que nos revela el rostro de cada uno de los personajes, es una pintura sobre el arte de generar luz, de crear una atmósfera irreal que le de verosimilitud a la existencia de unas personas. En estas obras Goya deja algo más que un registro, dice que ése ser pidió a un pintor que lo retuviera, no le comisionaron un retrato, depositaron su memoria en manos de un artista. Ese espacio que Goya domesticó a través de la luz permitió un escenario abstracto para ese ser, el fondo gris, un páramo cronológico y espacial, iluminado con la temperatura del cuerpo. El pintor nos comunica de forma cifrada su relación con de cada retratado: la Duquesa de Alba, vestida de luto por la muerte del Duque de Alba, señala el piso donde posa la inscripción “Solo Goya 1797” solo ese pintor, solo ese amante. El retrato de Carlos III es la antítesis del género, no hay valentía o fiereza, nos da a un cazador flácido como el guante que lleva en la mano, el sabueso duerme en lugar de estar alerta. El niño Manuel Osorio Manrique de Zúñiga jugando con la vida del pájaro que levanta un papel con una inscripción, de nuevo el azar define el desenlace, tres gatos acechantes, esperando la lectura de la sentencia contenida en ese papel, en la jaula hay más prisioneros; un muñeco insensible, vestido con un traje rojo es para Goya un pequeño verdugo, es la crueldad de la ignorancia y el juego. Los humanos somos limitados, predecibles, la pintura es el misterio, la contradicción entre mostrar y deformar, trasladar a otro lenguaje ¿cómo llegar a lo esencial, entrar en la revelación emocional sin caer en la obviedad y que la obra sea el centro que atrape la visión? Eso aisló y condenó a Goya, lo dejó sordo para únicamente ver y que nada interrumpiera su inmersión a lo más profundo de su arte.