Casta Diva

Barro sagrado

La belleza y los dioses son una invención del ser humano. Convivir en la vida cotidiana con estas dos creaciones nos dice que sí podemos aspirar a lo bello podemos aspirar a ser divinos. La cerámica de la Grecia antigua es altar y es recipiente, en la superficie dibujaban con líneas finas escenas mitológicas, el origen del mundo y los conflictos del Olimpo, narraciones que daban sentido a la rudimentaria vida que sucedía lejos de las fronteras de lo sobrehumano. Seres antropomorfos que reunían las virtudes y pasiones que nos habitan, arquetipos de nuestros caracteres, sus historias vaticinaban nuestra propia historia. El arte da albergue y luz a los dioses, el recipiente es soporte de una estética que describe lo sobrenatural y da visibilidad al mito con un lenguaje comprensible para el ser que bebe el vino, que unge el aceite. La representación no es realista, son interpretaciones de la divinidad, el Olimpo está habitado por hombres atléticos, de muslos poderosos, cinturas breves, sin edad; las mujeres son hermosas, fuertes, con músculos definidos. Idealizarlos es parte de una filosofía pragmática: compartimos nuestro cuerpo con los dioses, eso nos obliga a venerarlo y cuidarlo como una prolongación del templo, la deidad antropomorfa tiene sentido si lo terreno y lo celestial son reflejo uno del otro. La perspectiva aun no existe, el dibujo es un plano consecutivo y lineal, no hay engaño, esto no es la realidad, es creación como lo es el delicado y vertical vaso del aceite. El recipiente es portador de vencedores y vencidos, la epopeya celestial comulga con la gesta individual, íntima, existencial. El detalle de las telas plegadas, peinados, armaduras y plantas, contrasta con las técnicas de figuras negras y rojas que impone una estilización que casi hace siluetas de los personajes. Perfiles rígidos que no ven de frente, ellos una vez creados son increados, son eternos mientras los devotos somos efímeros. El vaso es espacio de la fe, y si el vaso se rompe la presencia divina continua, el dios perdura aunque el altar cambie. Herodoto ridiculizó a Homero por creer que la Tierra era un disco rodeado del río Oceanus, para él era obvio que estaba rodeado por el desierto. Un plato es un disco, un mundo plano en el que sucedían corografías infinitas de batallas, funerales, la procesión de Dionisio, hay simetría entre el soporte y el dibujo, el Universo comienza a ser un concepto inteligible, racional y artístico. El objeto va más allá de su utilidad, es parte del ritual que reúne al individuo con su espíritu, la forma significa al contenido, el receptáculo tocado por el arte consagra al vino, al aceite, a las cenizas mortuorias, al incienso. La nobleza de la utilidad, la humilde misión de servir se une al gozo de tener algo bello y sagrado. Estar a la altura de los mitos no está dado, la armadura puede ser demasiado pesada, nuestro cuerpo demasiado débil. Es como llenar cada día con vino esa ánfora siempre vacía, es un trabajo que nunca se acaba.