La voz de los que saben

No importa de qué trate el asunto, la amenaza de un asteroide sobre la Tierra, el valor de las zonas sagradas para los indígenas, el derrame en una planta nuclear, los anhelos de justicia de las personas, la contaminación o la escasez de agua, lo que sea, siempre sale un político, en el gobierno o no, con conocimientos aunque casi siempre no, cuya voz se impone por sobre las demás; no es difícil suponer, por el tono que suelen usar al discursear, que son más duchos en la composición química del suelo lunar que los científicos que analizaron las muestras que trajeron los astronautas, imaginemos lo que dirían: “era de vital importancia (para el ejecutivo o el legislativo, da igual) darnos a la tarea de conocer los componentes principales del piso de la luna, de este modo, señoras y señores, con el apoyo del gobierno federal y con los ahorros propios que en nuestra gestión hemos hecho, con orgullo podemos informar que somos el primer gobierno, o congreso, estatal que entra de lleno en la exploración cósmica, hoy los jaliscienses pueden respirar tranquilos, de primera mano sabemos que la luna está bien lejos” (¿y la composición química del polvo selenita?, qué importa, se nos olvidó preguntar).

Lo bueno es que esta caricaturización poco a poco pierde vigencia; los políticos, en el gobierno o no, con conocimientos aunque casi siempre no, recurren cada vez más a expertos para orientar sus decisiones y les hacen caso, pero con limitaciones: atienden a los lineamientos de los técnicos  si congenian con los intereses de ellos; eso sí, al menos nos enteramos del aspecto técnico de algunos negocios, a pesar de que quedemos más o menos en las mismas: por la calidad de los resultados intuimos que las decisiones que atañen a lo común todavía tienen muchos elementos de la política, entendida ésta como el método para hacer que la opinión del poderoso prevalezca para los fines que a él le parezcan meritorios. Un ejemplo, discurrieron que para que la alta tecnología fuera un componente central de la creatividad, antes era menester delimitar una zona de la urbe y bautizarla: **ciudad creativa digital, y ya preparados derrumbaron fincas para generar lotes baldíos (¿y la digital creatividad?, se nos olvidó preguntar).

Ante este archiconocido panorama, ¿qué habría dicho “La Tapatía”, si las máquinas hablaran, el jueves que la bendijeron? Especulemos:

“Con su permiso, señor gobernador, alcaldes, alcaldesa, cardenal, amigas y amigos de Guadalajara, para mí es un orgullo venir a horadarles el suelo; con todo y que la vida de una tuneladora es dura, y efímera, me satisface lo que hago, o dicho con propiedad: lo que deshago. Es mi orgullo romper rocas, trozar raíces y sacudir lo que sea que esté en la superficie mientras me adentro en el subsuelo para sustituir los estratos milenarios de tierra y arena, atravesados de eventuales arroyos ocultos, por oquedades revestidas de concreto, obras de los hombres y las mujeres progresistas, y de las tuneladoras, aliadas imprescindibles, a quienes no les basta hacer su regalada gana con la tierra, el aire y el agua, necesitan hacer lo suyo por abajo y dejar su huella para la posteridad.

“Dicen que reforzaron los edificios bajo los cuales haré mi titánica función. No se preocupen, lo tenemos todo calculado y seré, a un tiempo, contundente y delicada. Sí, puede suceder que por un azar, de los que nunca faltan, la catedral se ladee, que los portales desistan de su verticalidad o que una, dos casas ganen la condición de cueva; no me vayan a juzgar por lo contingente, midan mis hechos, y mis desechos, por lo elevado de mi anhelo: plantar un ducto para el tren ligero. Si en el intento quedo inservible, o peor, sepultada, afirmaré con los dientes de acero en alto: esto sí fue poner a México en movimiento, bueno, al menos una parte de la Perla de Occidente.” Los presentes habrían agradecido a “La Tapatía” deseándole suerte; de que entendió muy bien el medio, y se adaptó, no queda duda.

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