El trasfondo

Ahora sí que como se decía en los tiempos en que rifaba la ley del más peleonero: Se armó la bronca, o para estar a tono con una de las nuevas alarmas en las escuelas: hay bullying, versión intelectual, entre famosos y destacados. La disputa es por una dama que desde siempre muchos han querido poseer en exclusiva, nomás para sobajar a quien se deje: la Razón; cuántas y cuántos, encendidos por la pasión, han exclamado: la tengo yo.

Todo comenzó el 28 de agosto cuando en Excélsior Leo Zuckermann pintó su raya con su artículo: “¿Se justifica la existencia del Fondo de Cultura Económica?” A lo que él mismo respondió: “A diferencia de 1934 [año en que se creó el FCE], hoy el mercado ofrece múltiples opciones para publicar libros. Existen varias editoriales de todos los tamaños. El internet, además, ofrece una plataforma inigualable para conseguir todo tipo de contenidos culturales y académicos. Ya no estamos en los tiempos de que, si no era por el FCE, no se podía leer a Weber. De ese tamaño es el subsidio que recibe el FCE de los contribuyentes. ¿Se justifica? No lo creo. Aunque sea una partida diminuta de lo que eroga el Estado cada año, sería más justo que se repartiera entre la gente que más lo necesita, es decir, los más pobres de México”.

Jesús Silva-Herzog Márquez se paró del otro lado y desde Mural contestó con su “Barbarie liberal”, el 1 de septiembre: “La condena del Fondo de Cultura Económica es síntoma de un tipo de liberalismo que se ha abierto paso. Es un liberalismo ideológico y hermético que pasa por alto el escepticismo para repetir en toda circunstancia, las cantaletas de su dogma. Ignorando las saludables prevenciones del liberalismo político, adopta, como palabra divina, la lógica exclusiva del mercado. Es liberalismo para la barbarie”.

Antes de seguir conviene hacer una advertencia: los cuatro escritos que menciono en este comentario son buenos, vale la pena leerlos completos; entresacar citas es reducirlos, lo sé, pero ni modo. Convoco a los sospechados lectores a buscar los originales. Lástima por los diarios que no tienen acceso libre a través de Internet.

Como el bullying no es tal si queda limitado a dos, ayer en MILENIO JALISCO, Rafael Pérez Gay entró a la bola con “El fondo del Fondo”: “Repito: ¿Tiene sentido sostener un Estado-Editor de las dimensiones del que tenemos? No. ¿Tiene sentido editar cientos de miles de libros al año con una red no mayor de 7 mil bibliotecas y un sistema de distribución que no excede los 300 puntos de venta como los que maneja el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes? No”.

Juan Villoro, también ayer, en Mural, a partir de las opciones que dan para el FCE, ser o no ser, redactó un texto cuyo título refiere al aniversario de la editorial: “80 años”. No usaré citas de él porque no le entra a la discordia con el tono de: qué me ves… lo que quieras…, y porque no da nombres, más bien trata de conciliar, rescata méritos de ambos argumentos.

Por entre la controversia se vislumbra el esperpento detrás de las dos posturas: la eficiencia del gobierno para administrar políticas de Estado. ¿Fue eficaz para manejar la política petrolera previa a la reciente reforma constitucional? No, por corrupto. ¿Lo fue para gestionar la política laboral anterior a 2012? No, la desigualdad es testigo. Lo extraño es que claudiquemos antes que exigir eficiencia: no somos capaces de administrar una empresa nacional, hagámosla pequeña; no podemos propiciar un Estado justo, que el mercado atienda el bienestar de los trabajadores. El Fondo de Cultura Económica es imprescindible, para nuestra identidad de largo plazo y por el saber que de otra forma no sería preservado, no renunciemos a él por motivos gazmoños, como los puntos de venta, el presupuesto o los inventarios, resolver esos rubros, y todos los que gusten añadir, será más barato y fácil que perder lo que el FCE representa para México. Al final, cosas peores toleramos, por ejemplo el Zócalo en calidad de parking lot.

 

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