Todo suma, cuando no resta

Los días del fin de noviembre y los primeros de diciembre configuran, en Guadalajara, una semana ajena al orden de los calendarios: dura nueve días; es muy esperada merced a esa manía humana de fijar postas para simular que nos detenemos y engañar al tiempo, como si pudiéramos demorarlo. Es la semana de la FIL, la Feria Internacional del Libro; los periódicos varían parte de sus contenidos, los noticieros le dedican un tramo de sus emisiones, algunos se transmiten desde su núcleo punzante; las escuelas, de primarias a preparatorias, llevan a sus alumnos como parte de su programa académico (es un decir, que se ciñen a un programa académico), las citas de los políticos, de los intelectuales (es también un decir) e incluso de gente nomás emocionada por el suceso, suelen darse en la Feria. Y no puede faltar la evaluación económica: los hoteles de la ciudad se llenan, los restaurantes dan tregua a sus lugares vacíos; taxistas, vendedores ambulantes y el etcétera de rigor para abarcar la productividad medida en dinero, tienen a la FIL en la categoría "alta derrama". Ah, y se venden más libros que el resto del año en la Perla de Occidente, o eso parece; porque en esto de la cultura la semana de la FIL es propicia para que la cosmética se afirme como lo sustantivo: la generación espontánea, y efímera, de una multitud de lectores; la profusión de actividades culturales aparejadas el acto librero y, sobre todo, las muchedumbres que arriban a Guadalajara, sumadas a las locales, hacinadas en la santa sede, la Expo, nos hacen aparecer, sentirnos, el ombligo de la cultura de Iberoamérica, meros gestos que explican, y justifican, que la mayor feria del libro en español crezca y se imponga aquí, entre nosotros. El gentío, las miríadas de sellos editoriales, la concatenación de conferencias, de presentaciones, de shows y personalidades de calado planetario son indicadores de una índole cultural única: en qué otra ciudad reciben dosis, para ya no tener que leerlos, de Vargas Llosa, de Manea, Del Paso, de R.R. Martin y Gamoneda, y los figurones que caben en tres décadas: García Márquez, Fuentes, Arreola, Olga Orozco, Savater, Herta Muller, Piñón, Rushdie, además de políticos, de los que piensan y de los de ocasión.

Sí, la FIL es una gran cosa, larga vida a la feria que no miente: es una feria; pero en cuanto a libros, a lectura, a la despaciosa y siempre inacabada construcción que es la cultura de una sociedad, no es toda la cosa.

El martes 29, en Casa Iteso Clavigero, por la noche, Avelino Sordo Vilchis y su editorial, Rayuela, asociada con la Secretaría de Cultura de Jalisco, presentaron Los extraños reinos: Cervantes y Shakespeare, de Fernando Solana Olivares. El editor, el autor y Juan José Doñán oficiaron el rito de dar a conocer que un libro, hecho como es debido, ya está entre nosotros: objeto impecable, de esos que nomás de verlo quiere uno tener en su biblioteca, el contenido excepcional: coro armonizado por la voz de Solana para repensar a Cervantes, a Shakespeare, a la obra que pergeñaron y al ejercicio por el que accedemos a ella: leer. Sin prisa, metidos en el espacio que Luis Barragán construyó en 1929, setenta se dejaron envolver por el clima tapatío, y por cuatro o cinco decenas de árboles añosos, para escuchar a tres que con el pretexto de uno (el libro) hurgaron en la vida de dos... números exiguos, indignos de una nota de prensa y, sin embargo, Los extraños reinos tiene reserva para que su brillo no mengüe: es tributario de una tradición a la que no cualquiera accede, Sordo, Solana y Doñán rememoraron que los libros que valen la pena no necesariamente son los que con interés, y capital, celebran escribidores y mercantes, sino los que reinauguran la vigencia de otros libros, de todos los lectores, de uno en uno, y que prefiguran a los por venir, libros y leyentes. En asuntos de la lectura es frecuente que uno solo sea más que 800 mil, y que tres horas duren más que una semana.

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