Las respuestas en otro lado

Mientras México está ocupado tratando de sacarse la suciedad del ombligo, Cuba, Estados Unidos y El Vaticano miran lejos, dialogan y cambian el panorama mundial, no sólo su fondo político, también el bosque económico y las montañas ideológicas. El Papa Francisco, Raúl Castro y Barack Obama se propusieron que sus Estados, el mundo, pasaran las fiestas decembrinas como no lo habían hecho en los más recientes cincuenta años: ajenos a un conflicto antediluviano y del que sólo ha habido una consecuencia por las necedades de los gobernantes: el desgaste del pueblo cubano, secuela de un embargo económico que también fue moral, el cíclope, Estados Unidos, con su ojo único y torpe, castigaba a quien osara dirigirle la palabra o hiciera tratos con Cuba.

Esta distensión tardía, sobreviviente de la Guerra Fría, tomó por sorpresa a no pocos y al Estado mexicano lo puso en su lugar, es decir, arrumbado en un sitio ajeno a sus principios añejos, sin el papel protagónico en el diálogo multilateral del continente que le quitaron los sucesivos sexenios con su hilera de errores y crímenes que la democracia, nuestra idea peculiar de ella, no ha remediado.              

El hecho de sacar a relucir la menguada presencia de México en el ámbito diplomático de altos vuelos parecería puras ganas de molestar, pero, aunque digan lo contrario, darle la vuelta al planeta en plan de vender recursos naturales, materias primas y algunos de los productos que manufacturamos no es practicar la diplomacia, tampoco hacer política. La diplomacia bien entendida dota de un elemento invaluable a los países al momento de pelear espacio en los mercados: de prestigio, del que ya queda muy poco para el país. Las decenas de miles de muertos, los desaparecidos, Ayotzinapa, la casa blanca de la esposa del Presidente (dizque) y la de fin de semana que se compró el secretario de Hacienda, pesan más en contra de la imagen del país que todos los encuentros que ha tenido el secretario de Relaciones Exteriores con mandatarios y cancilleres.

Nota para la derecha mexicana de la vieja guardia y para el PRI de siempre: lo mal visto que hoy está el gobierno mexicano no se debe a la difusión de los casos mencionados en el párrafo anterior, sino a lo que evidencian: corrupción, impunidad, nulo respeto a los derechos humanos y manga ancha con el crimen organizado en todos los niveles de gobierno y en los tres Poderes de la República. Lo que dicho de manera simple significa: no culpen a los mensajeros.

Una precisión: en el intríngulis diplomático, cuando decimos Cuba decimos también Revolución cubana. Si detrás del embargo estadunidense estaba la magnífica gesta, guerrillera, ideológica y social que fue esa Revolución, también debe mencionarse como factor central del acuerdo que hoy celebramos, con sus conquistas y con sus manchas, del caso Heberto Padilla a las denuncias de Cabrera Infante (por citar dos emblemas de la oposición a Fidel Castro), pasando por la longevidad y el carácter hereditario del régimen Castro Ruz y por la censura, las pocas libertades y, claro, hasta el buen nivel educativo de la mayoría, sus médicos, los científicos, sus artistas y la calidad de sus deportistas. El embargo, ya lo dijimos antes, fue también de índole moral, exacerbó las críticas, nubló los logros y buscó la contrarrevolución por medio de humillar a un gobierno y de paso a sus gobernados. ¿Podemos juzgar con igual rasero a un país que es anulado de la economía mundial durante medio siglo? Los acuerdos alcanzados dan la respuesta: no.

Lo que sigue nos interesa a todos: cuando se dé la incorporación cubana al comercio y a la inversión internacional, ¿será para beneficio de una camarilla (como en México o en Rusia o en China)? O la mítica Revolución pondrá la muestra de lo que anunció Raúl Castro: “la actualización de nuestro modelo económico para construir un socialismo próspero y sostenible”.

Gracias por otro año. Nos leemos en enero, felices fiestas.

 

agustino20@gmail.com