No resolver, habituarse

Impelido por el fervor religioso, uno jala al Papa y casi lo derriba, el pontífice reacciona con enojo, seguramente por la sorpresa del contacto físico inesperado. Un diputado de los que Jalisco auspicia, aquejado de falta de argumentos, de conocimiento y de educación, agrede a un funcionario público famoso por sapiente y comedido; las embestidas físicas son el afluente que faltaba al caudal de iniquidades que desde hace décadas mana del poder Legislativo. El jefe de gabinete del municipio de Guadalajara, dispuesto a resolver el conflicto, por no decir maldición, que envuelve al Mercado Corona, se exalta, deja sus casillas, insulta y amplía las atribuciones de la autoridad municipal, variante de la famosa expresión: ustedes no saben con quién se meten, desde su enojo confiere potestad a su jefe por sobre poderes públicos ajenos.

Hace semanas, un diputado federal de Veracruz –hablando de maldiciones-, con doble fuero, el que le otorga la Constitución y el que, más democrático, suele venir ayuntado al alcohol, ofendió de palabra y físicamente al jefe de los árbitros del futbol profesional en México. En el DF, hoy Ciudad de México (según la fórmula que aplicaban los libros de texto gratuitos a Valladolid, hoy Morelia), una banda de abusivos tolerados, con licencia para lo que su jefe disponga (es otro tipo de fuero, muy actual y extendido), armados, tundieron a un funcionario público nomás porque sí, o para ponerlo en términos de la impunidad que adorna al país: ¿por qué no? La prensa de Guadalajara dio cuenta de un asesinato, en enero, por el rumbo del mercado de Abastos, sobre la Av. Lázaro Cárdenas; uno golpeó a otro hasta matarlo, cámaras de vigilancia de un negocio aledaño registraron el hecho a eso de las nueve de la noche, decenas de automóviles y camiones pasaron mientras el crimen sucedía, pasaron. Dos líderes del crimen organizado, afortunadamente ya en prisión, en Monterrey, ejemplos de que la mentada impunidad no favorece a todos, decidieron disputar cuál de los dos detentaría el poder en el recinto carcelario, la averiguata costó 49 vidas (todavía no nos informan cuál de los dos ganó).

Por los cruces de cualquier ciudad grande; entre vecinos que se pasan de la raya, del estacionamiento; en más de alguna fila que haga la gente, la furia está latente, es parte de la trama social que cotidianamente tejemos y destejemos, es uno de los signos más altos de lo que entendemos por convivencia. Irascible y con la quijada trabada, la mayoría consigue contenerse, no pasa a los golpes, aunque la brusquedad ahí está, casi palpable, viscosa e invisible nos contiene y nos pudre. Pero nos concentramos en la vistosa, en la que los medios usan para captar nuestra atención, casos como los mencionados o los ataques entre estudiantes, que para hacerlas pasar como novedad las llaman bullying.

A la violencia en las escuelas dedicamos presupuesto, televisamos y radiodifundimos spots estériles, amagamos con capacitar a las y los profesores y la constreñimos al ámbito escolar, ¿no estarán las y los infantes y los jóvenes nomás en plan de ser miembros dignos de esta sociedad? Porque para las otras agresiones, entre adultos y de los más conspicuos, lo que tenemos son justificaciones, ponderaciones y sesudas explicaciones: el diputado es famoso por defender sus puntos de vista con los puños, es pura intensidad; el funcionario municipal, ah, qué muchacho, siempre vehemente, sólo lo mueve el anhelo de que las cosas caminen como debe ser; y bueno, cómo el legislador federal no se iba a sulfurar si es sabido que le cae gordo que se metan con los intereses de Veracruz, y así para cada caso, esa violencia encuentra sus por qué y sus para qué, su impunidad; y para la otra, la que satura las morgues y las calles, la de víctimas y victimarios casi anónimos, no tenemos justificación, sino interpretación: es la pérfida pobreza, qué caray. Explicar, justificar, agachar la cabeza, tributarios de la violencia.

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