La política y sus adjetivos

Tres personajes públicos del estado dijeron cosas similares en el lapso de un año y tres meses. En orden cronológico: uno inició el programa “Política de la buena”; otro urgió a un tercero a “hacer mucha política, política de la buena”; y el último anunció su apostolado: “para ayudarle al gobernador a hacer política de la buena”. La suerte está echada, inicia la temporada política de la buena; aunque sería necesario definirla o, para no pretendernos académicos, describirla, desde una praxis silvestre (la de vivir en esta sociedad) y según el empirismo consustancial a cualquier ser humano que mire con curiosidad y sea capaz de preguntarse por las cosas y los fenómenos que lo implican.

Política de la mala es la que sirve para obtener el poder que luego se empleará para beneficio de un grupo cerrado, lo que a su vez será útil para impedir que alguien más, otro grupo, acceda a aquél. El beneficio se considera político cuando el dominio del grupo trasciende los límites legales sin incurrir en ilegalidad alguna; es decir, si un mandato municipal dura tres años, el primer edil dejará el cargo sin aspavientos para que legalmente alguien cercano a él lo tome. Dice Alain Touraine en el libro Igualdad y diversidad (FCE, 2000, p. 31): “Cada vez con mayor frecuencia, la idea democrática se reduce al pluralismo de las candidaturas sometido a la libre elección y al respeto de algunas reglas del juego”. El beneficio se estima de índole monetaria cuando el grupo logra que el dinero no sea limitante para alcanzar su fin político, y al mismo tiempo facilite que quienes ejercen esa política de la mala lleven una vida con lujos. Para constatar la presencia de política de la mala basta medir la riqueza de quienes gobiernan y el tamaño de la economía de la demarcación correspondiente, y después contrastarlos con la calidad de los servicios públicos, la vulnerabilidad de las clases medias y el ensanchamiento de la franja de los pobres. Existe otro camino para poner signo positivo o negativo a la política: contar el número de las decisiones socialmente trascendentes que son tomadas luego de haber informado y dialogado, transparentemente, con los beneficiarios, con los afectados y los opositores, cuando la cifra resultante es baja o da un cero significa que la política de la mala sirve perfectamente a sus objetivos: sostener en el poder a una camarilla y garantizar el flujo de efectivo para sus integrantes.

Si lo anterior cabe como política de la mala, por contraposición queda descrita la otra. Aunque no necesariamente sea aquella que los declarantes tenían en mente. El primero fue Enrique Alfaro, en marzo del año pasado, con el programa Política de la buena: intervenir espacios públicos sin valerse del erario y ofrecer talleres educativos en colonias marginadas. El segundo fue el gobernador Aristóteles Sandoval hace dos semanas, pidió al recién nombrado secretario General de Gobierno que hiciera “política de la buena”, la que en su discurso circunscribió a una actitud deportiva: “Sin el enervante pesimismo ni el ingenuo optimismo”. El último fue el nombrado, Roberto López Lara, hace dos días, le dijo a Jaime Barrera que la política de la buena es “para el bien de los jaliscienses.”

Lo que los tres reconocen, sin decirlo, es que saben de la existencia de una política de la mala, y podemos suponer que ya se hartaron de ella o que al menos quieren visitar el otro lado del espectro moral, donde habita la ignota política virtuosa. Y si de virtud se trata, la tradición impele a usar el tono religioso: las ovejas descarriadas, éstas tres por lo pronto, dieron al fin con la luz que las guiará a la política de la buena. Mientras se comprueba que es posible que se rediman, o volvemos a darnos de bruces, resaltemos que conspicuos miembros de MC y del PRI coinciden en el concepto, pero como ya estamos ariscos, mejor preguntamos, ¿este concurrir es rastro visible de política de la buena, confabulación o mercadotecnia?

 

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