Cuando el plan nos alcance

No tenemos soluciones para los problemas; la nota al pie para esta afirmación es lo que cualquiera puede constatar en el día a día. En cambio sí tenemos una lista extensa de culpables, o al menos, para no sentenciar a priori, tenemos presentes a los presuntos responsables, individuos, instituciones y hasta conceptos, que en el mundo ilusorio del discurso son objetivamente perversos y dañinos. La partidocracia, los políticos, las policías municipales, las familias rotas, el capitalismo global, los desarrolladores, el gobierno anterior, la corrupción, la indolencia de las y los ciudadanos, el calentamiento planetario, los precios del petróleo, los diputados, la mala calidad de la educación, los informales, la desigualdad, los criminales organizados, el tráfico de armas, las drogas, las adicciones, el 115 constitucional, los poderes fácticos, el duopolio televisivo, el populismo, Donald Trump, Carlos, Salinas y Slim, el transporte público, el alza del dólar, Felipe Calderón, la pobreza, la impunidad, Jorge Vergara, los héroes que nos dieron patria, Miguel Alemán, Vicente Fox. Tenemos más malos que una película de muertos vivientes y, como en tales obras, los buenos son pocos, los que, para no tornarse malos (decisión moral que equivale a sobrevivir) recurren a la fuga perpetua, porque además suponen que allá, lugar impreciso del que sólo pueden decir eso, que es por allá, está la salvación; para llegar a él es cosa de que a su paso descabecen maloras horribles, con pústulas supurantes, torpes y, no obstante, muy dañosos nomás por su capacidad inconsciente para echar montón. Lo acongojante es que los buenos y buenas no bien acaban de liquidar a decenas de zombis, cuando ya intuyen que centenas más se aproximan.

Para los problemas que enunciamos con tan poca puntería, tenemos remedios de amplio espectro que actúan en bloque como por encantamiento: los independientes, el Papa, la sociedad civil organizada, campañas publicitarias, lo ciudadano, imponer la cultura... de lo que sea (vial, de la donación, del emprendedurismo, de la legalidad, etc.), la participación, la democracia, ser más grandes que los problemas, ser más los bondadosos que los que hacen mal, la educación, las reformas estructurales, cualquier ley gestada en cierta aguda coyuntura. Y también contamos con antídotos de ocasión, que no curan pero hacen abrigar esperanzas: las elecciones, el fin de sexenio, o de trienio, la alternancia, el buen trance económico de Estados Unidos, un caudaloso temporal de lluvias, el dólar barato, que no suba la gasolina.

Estos modos para nombrar a los problemas y de elegir las soluciones no son caricaturización del alma nacional, son herramientas reales para la planeación de cualquier orden de gobierno; abstracciones y eufemismos que no atañen a gente concreta ni a un territorio delimitado según áreas tangibles donde la vida de la gente suceda. Los gobiernos combaten la pobreza y la impunidad, luchan contra la falta de un estado de derecho y contra el crimen organizado, promueven el acceso a la salud, a la alimentación, etc., pero no se comprometen: en estas zonas de tales municipios hay pobres, éstas son las acciones puntuales que emprenderemos para que haya tantos menos; el logro de esta meta se podrá constatar en individuos con nombre y apellido que ya no sufrirán para adquirir comida, para enviar a sus hijos a la escuela y que tendrán empleo. Los gobernantes no asientan a las claras, por ejemplo, cuántos homicidios menos habrá; qué porcentaje de los delitos que se cometan terminará con la presentación de un inculpado ante el juez, y tampoco ofrecen que, en un lapso preciso, sus gobernados podrán salir a la calle sin temor a los asaltos o a que les roben autopartes. A nadie interesan los planes de gobierno, no se acercan a la vida de la gente, invocan indeterminaciones etéreas a ser atendidas con buenos deseos y cuya evaluación está dada de antemano, y los redime: aún queda mucho por hacer.

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