La pira nacional

Metido en un laberinto que al pasar de los sexenios los gobiernos y los acomedidos interesados (poderes fácticos) intrincaron con paciencia y desorden ventajoso, el régimen topó con una pared altísima y sólida: Ayotzinapa. Para donde voltean los gobernantes no ven sino ese muro negro, frío y rotundo.

Si vira hacia un lado, en donde estaba la esperanza de dar con los 43 estudiantes vivos, la barda luce inapelable: si aparecieran con vida el régimen no saldría del laberinto, tendría que comunicar su incompetencia y reconocer que cualquier banda de malvivientes pone en vilo a todo un país, a su economía, a sus instituciones y dilapida el escaso capital social que hay en las arcas.

Si en cambio el régimen toma el rumbo opuesto, como hizo ayer, en donde los estudiantes ya no son, el laberinto se lo habrá tragado. Sin posibilidades de regresar o justificar su posición, entrará en lo más agudo de un vórtice como el que se forma en el retrete y se irá como por el drenaje, entre pestilencias y viscosidades, incluido el papel higiénico que históricamente usó para limpiarse el rostro, en el que alcanzarán a leerse frases del discurso inútil: tope donde tope… todo el rigor de la ley… no toleraré la impunidad… el poder del Estado.

Si opta por no tomar ningún camino y mantenerse en la parálisis que hemos atestiguado estas semanas (atenuada por el estertor que exhibió ayer el Procurador) atenido a que el laberinto se desvanezca como un mal sueño o mera idealización de sus enemigos políticos y supeditado a la noción equivocada de que el tiempo juega a su favor, como ha sucedido muchas veces antes, el régimen se convertirá en estatua de sal ante la infranqueable pared, el menor viento social lo dispersará por todos los puntos cardinales.

Pero hay pistas de que pergeñó una cuarta salida: lanzar una botella sellada por sobre el paredón contra el que chocó, con la esperanza de que la recuperen los medios de comunicación, la abran y compartan con la gente el mensaje que contiene, insinuado por doquier: sobreseamos este mal rato, pensemos en lo que nos espera en el futuro. ¡Ah, el futuro! El suyo: pactos de buena avenencia entre los más conspicuos usufructuarios del sistema, de aquí en adelante harán lo que debieron haber hecho por ley, por decencia; combate a la impunidad, ahora sí una nación de leyes, incluyente y justa, construida entre todos gracias la lección que recibimos de los 43, cuya desaparición, parece dispuesto a decir el gobierno, no habrá sido en vano, y como muestra ofreció la sorpresiva cancelación del triunfo de una empresa china en una licitación que valía cuatro mil millones de dólares y sobre la que recaían sospechas (la del tren rápido entre Querétaro y el DF).  

Las marchas que no cesan. Las protestas que mantienen su fuerza y su indignación. El asombro internacional. La población mayoritaria del país, las y los jóvenes, moralmente sincronizada. Las redes sociales que no dan tregua; contraparte de los muchos medios tradicionales que aún no saben qué pasa o qué se hace en estos casos o a quién dirigirse. Y lo más intenso, el rumor estridente que sube montañas, que va a las costas, que se cierne sobre el norte, el sur y el centro: son unos corruptos, esto no puede seguir así. No obstante, el régimen ensimismado cree que con sus artes y sus mañas saldrá del laberinto, como siempre. La constancia en las muestras de desafección debe decir lo contrario: no tienes escapatoria.

Aunque, cuidado, todo intento para proponer un después para este periodo sombrío es caer en el garlito. La única causa que merece atención es conocer la suerte de los 43, junto con el nombre de los responsables, no los matarifes de los videos, sino los que toman acuerdos con la clase política. Si comenzamos con lo de más allá reduciremos el muro. Cualquier distracción hacia un horizonte que no contenga la certeza absoluta respecto a los 43 de Ayotzinapa es una losa sobre sus familias, sobre el mismo movimiento que ha logrado mucho. 

 

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