Quizá no pasó nada

Es un placer sentarse ante la página en blanco para ordenar una vivencia y lograr presentarla de un modo tal que equivalga, para quien la lea, a haber estado ahí. El reportero y el cronista se complementan, el primero aporta los datos puntuales, irrebatibles, y el segundo los dota de atmósfera, los une a la historia, los hace cercanos a la mayoría y los inscribe para el largo plazo (unos pocos quedan para la historia) convertidos en la imagen textual de un punto preciso de la sociedad.

En el periodismo que se hace en estos tiempos, expresión que no significa que sea bueno, o malo, sino que es el que es, el que hay, existen al menos dos formas de hacer crónica, la que se hace a partir de un suceso que atestigua el narrador, o narradora, que parte de lo que sabe, también de lo que ignora, y de sus prejuicios, de ésos que todos arrastramos; o la que se hace para encontrar lo que de antemano se busca. Este último método implica desestimar muchos elementos del contexto y de la historia, pero sobre todo: supone hacer a un lado la posibilidad de que la realidad sorprenda a quien emprende una crónica.

Una libertad que puede tomarse un cronista es emplear el yo. El martes anterior yo estuve en la “glosa ciudadana” del primer informe del gobernador Jorge Aristóteles Sandoval, fui uno de los doce que glosaron el documento que el Ejecutivo está obligado a enviar a los diputados cada año. Tuve un sitio privilegiado para mirarlo todo. Pero no haré una crónica, tampoco hablaré de lo que me llevó a aceptar la invitación, eso pertenece al mí que intervino, no al yo que podría hacer un relato. Luego de leer muchas opiniones, relatos y notas, me queda la sensación de que no dieron cuenta de todo lo sucedido ahí, lo objetivo y lo simbólico, en perjuicio del público; los potenciales cronistas fueron a cebar sus prejuicios y se quedaron en el lugar común: nada cambiará, estamos supeditados a la maldad inherente a los políticos y a la prostitución e irrelevancia de quienes se acercan a ellos.

Un cronista no es quien va a medir los virajes de la sociedad, su rol es más importante: guía a los más a lugares, a personas y acontecimientos inexpugnables, para que normen su criterio, para que juzguen lo sucedido con un clave que les sea propia, no con la que subyace, arcana, en la jerga de los enterados. El martes 4 de febrero, en el antiguo recinto legislativo del Palacio de Gobierno, hubo mucho para contar. Escribiré las preguntas que los periodistas pudieron haber respondido: si quitamos la retórica del discurso del gobernador, ¿sobre cuál de los temas mostró más conocimiento, cuál, aprovechando que lo teníamos ahí, en crudo, pareció apasionarle, en alguno profundizó más hondo que lo que le prepararon en las pantallas de las que se valió?; ¿cuántos de los miembros de su gabinete demostraron un dominio amplio y fluido de los asuntos que les atañen?; ¿cuáles se comportaron con Aristóteles Sandoval como si tuvieran una relación cercana de trabajo con él, cuántos evitaron las zalamerías, tiene Jalisco un gobierno de capaces?; además de los temas mediáticos, movilidad y seguridad, ¿qué otros cuestionamientos se hicieron, con cuál lenguaje, se molestó el mandatario?; algunas secretarias y secretarios estaban en la parte de arriba y bajaban cuando les tocaba su turno, ¿por qué Arturo Zamora estaba abajo, de espaldas a los ciudadanos glosadores?; la disposición de los participantes no fue republicana, ¿cómo se describe el salón de audiencias en una corte barroca?; ¿cuánto valen las horas-hombre de los empresarios que estuvieron ahí?; ¿cuál directivo de medio de comunicación faltó, cuál rector de universidad?; y el mural de Orozco, en deterioro evidente, ¿no fue un buen símbolo del acto? El gobierno ha pregonado que escuchar a los ciudadanos fue muy rico, entonces, ¿el gobernador modificó lo que un rato después presentó, unos metros más abajo, en el patio, ante mil, o se volvió a ceñir al mandato de las pantallas?

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