La palabra y el espacio prestados

Hay días en los que deberíamos decir: no cuenten conmigo, y colgarnos un letrero al cuello con la leyenda: cerrado por inventario; pero no lo hacemos, el deber y los compromisos son sagrados, y ni modo que cada que haya días así nomás atendamos nuestras necesidades ontológicas. Por suerte algunos gozan del privilegio de poder recetar a las y a los demás, inermes, así no pasen de cinco, una dosis de palabras para dar cuenta de sus desazones sin mencionarlas, lo que puede resultar oscuro para quien lee, ambiguo en el mejor de los casos, aunque para el escribidor es un alivio que además deja asentado que sí es responsable.     

A todo nos habituamos. ¿A qué nos habituamos? Ese todo no expone los detalles, sólo dice que a pesar de las circunstancias, las que escapan a nuestro control, no cesamos de ir siendo, impuestos a lo malo y precavidos por lo que súbitamente puede abordarnos; pero nos habituamos a tal grado que la cautela ante lo imprevisto se diluye y la sorpresa y el pasmo y el dolor nos caen como un mazazo, en un minuto, cualquier día de verano. Vamos siendo siempre atenidos a que no dejaremos de ser y a que tampoco lo harán quienes queremos, pues en el ir aclimatándonos está implícita una certidumbre vaga en la inamovilidad de las cosas, de nosotros.

Del golpe repentino queda un retumbar que sólo nosotros escuchamos, nuestra mente reproduce el sonido desquiciante de un gong que nadie más oye, y todo lo percibimos distinto. Los velos que durante años pusimos delante de muestra mirada, entre la vida y lo que pensamos, cayeron súbitamente y una claridad primigenia nos encandila y abre un vacío, la política, la sociedad, los gobiernos, los vulnerables, la justicia, la libertad, la historia, que por la mera fuerza de la costumbre llamábamos la realidad y fijaban nuestro sentido vital, bruscamente lucen falsos, o ajenos, mínimos. Quién soy cuando en un instante se desploma la precaria edificación de lo que me constituía y justificaba. Qué somos cuando nos descubrimos habitantes de una realidad que nos ignora, que se instaló inopinadamente, en la forma de un dolor intenso y casi ineluctable.

Las preguntas son curanderas, sobre todo las que no están urgidas de respuesta; cuestionar nuestro ser y estar es un ejercicio de afirmación porque a veces responder es un subgénero de la clausura. El apremio pasa y recogemos el tiradero que es nuestra realidad: cada uno de los velos, tamices, que usamos para mirarla-edificarla según nuestras convicciones y limitaciones, es un girón de nosotros mismos. El dolor revela nuestro sucesivo habituarnos, luego muda, se vuelve enojo, pasión y, ni modo, recurrimos a Ortega, a la cita tantas veces tecleada: “soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo.”  Circunstancia: “Conjunto de lo que está en torno a alguien; el mundo en cuanto mundo de alguien.”

Nuestro mundo; después de todo, alguien somos. Y si Ortega y Gasset, ¿por qué no Octavio Paz?: “¿cuándo somos de veras lo que somos?, /  bien mirado no somos, nunca somos / a solas sino vértigo y vacío, / muecas en el espejo, horror y vómito, / nunca la vida es nuestra, es de los otros, / la vida no es de nadie, todos somos / la vida —pan de sol para los otros, / los otros todos que nosotros somos—”. Ser y desde ahí reclamar en propiedad un mundo que se expande: maravilla la llegada de un artefacto al remotísimo Júpiter, máquina que unos tienen la pericia para poner en la órbita del gigante que ahora observamos de cerca, mundo nuestro también; ser y escriturarnos un mundo que se encoje: la miseria, la codicia y el racismo rampantes que nos confinan al papel más recurrido por los humanos: el de vulgares egoístas que riñen por mendrugos, que parcelan el espíritu, la tierra, sus frutos y los bienes según le conviene a cada uno.

Sí, hay días que no; aunque en estos es cuando lo que importa toma su lugar correcto, el que nomás puede asignar la amistad constante de uno que nos resulta imprescindible.

agustino20@gmail.com