El origen capital

Tenemos respuestas rápidas para explicar los males de la ciudad. Los baches en las calles se deben al desinterés-ignorancia de los gobernantes, a la corrupción (o a las dos juntas), o a la falta de presupuesto y a que los ciudadanos no protestamos con suficiente enjundia. Y decimos calles, pero esas respuestas aplican para cualquier espacio o servicio público. Las taras de la urbe son reflejo de la acción o inacción de algunos pocos personajes; entonces, los problemas concretos, digamos banquetas y parques, que no podemos resolver, son de dos índoles: moral, por los que permanentemente quieren echar mano del erario, y política, entendida ésta como la negociación entre intereses privados a costa del dinero y el bien, comunes. Es curioso que con todo y que la economía es la materia que preponderantemente moldea a la sociedad, poco volteamos a mirar cómo los imperativos del capital prefiguran la urdimbre del tejido social y nuestro derrotero.

En el libro The enigma of capital and the crises of capitalism (Oxford University Press, United Kingdom 2011) David Harvey  hace un recorrido por la génesis y las formas del capitalismo, entrega un marco general en el que podemos inscribir los elementos cotidianos que terminan por condicionar nuestra calidad de vida. Escribe en el preámbulo que: “El capital es la sangre que fluye por el cuerpo político de esas sociedades que llamamos capitalistas, esparciéndose a veces gota a gota, otras como inundación en todo rincón, en cada grieta del mundo habitado”. Más adelante dice que en la trayectoria evolutiva del capitalismo distingue siete esferas de actividad: tecnología y formas de organización; relaciones sociales; arreglos institucionales y administrativos; procesos de producción y de trabajo; relación con la naturaleza; reproducción de la vida diaria y de las especies; y la concepción mental del mundo. Para él, ninguna de estas siete “esferas de actividad” es dominante, pero tampoco ninguna es independiente de las demás. Cada una evoluciona por su cuenta y siempre en interacción dinámica con el resto. Pone como ejemplo de esa autonomía e interdependencia simultáneas la esfera de la concepción mental del mundo, en muda perpetua: “Los cambios en los conceptos mentales tienen todo tipo consecuencias, intencionales o no, en los modos tecnológicos y organizacionales aceptables, en las relaciones sociales, en los procesos laborales, en las relaciones con la naturaleza, así como también en las convenciones institucionales”.

Así, por un lado esas esferas, cada una conjunto de complejidades; por el otro: el capital y sus dos necesidades centrales: circular y acumularse, con lo que termina por afectar, de algún modo, a las primeras. Si alguna o algunas se convierten en barrera que impida al capital hacer lo suyo, buscará sortearlas; si las dificultades que enfrenta persisten, “encontramos el origen de una crisis”, afirma. Y resulta obvio, la historia es elocuente al respecto, es imposible que el capital no descubra que las esferas suelen representar escollos, de ahí que Harvey señale el “carácter propenso a las crisis de la sociedad capitalista.” 

The enigma of capital and the crises of capitalism es mucho más que la reducción aquí mostrada; no obstante, alcanza para acercarnos de una manera otra al contexto que hoy nos envuelve, o al menos para preguntar: ¿cuánto de lo que vemos en el debate de  las leyes secundarias en el Congreso, la de telecomunicaciones y la energética, inclusive con los temas de transporte público en Guadalajara, tienen que ver, por un lado, con la parte “simple” del capital urgido por moverse y amontonarse y, por otro, con su contraparte compleja: las esferas de actividad, resistiéndolo? Al parecer, mucho. Por eso no ha bastado, para ser una sociedad justa, con culpar, hoy, a actores específicos, con nombre y apellido, porque sin daño para el sistema, mañana podrán ser otros, que harán como es costumbre por lo que fatalmente permanece: los privilegios de que goza el capital.

 

agustino20@gmail.com