No obstante, hay que marchar

No todos somos Ayotzinapa. No todos somos normalistas. No todos somos Guerrero, tampoco politécnicos o indígenas. No todos somos causantes de las tragedias que son el núcleo de los episodios nacionales del siglo XXI. Todificar equivale a multiplicar por cero aunque el desenlace entrevisto sea apropiarnos de lo que mortifica a otros y pedir castigo para los que caben en la todificación rutinaria de las autoridades: caiga quien caiga, unos imprecisos, sin nombre… nadie. Nunca cae cualquiera de los que nos imaginamos cuando el Presidente, con la imagen de Benito Juárez a su espalda, ofrece a la opinión pública (si de generalizar se trata) “tope donde tope”. Al final la pagan (la maldad en turno) los que no la hicieron y las víctimas que mueren o desaparecen, o ambas cosas, sin el beneficio de la verdad.

Tal vez sea más solidario y constante afirmar que ellos y ellas son ellos y ellas, y que nosotros somos nosotros, para no caer en la trampa de marcar, indirectamente, diferencias geográficas, raciales, de género, de edad, políticas o económicas.

En todo caso, lo que nos distingue, de uno en uno, de grupo en grupo, es que nos aqueja una multitud de contextos diferentes. No basta el ejercicio de la mímesis circunstancial, sino poner en juego todos los días la voluntad indispensable, predicar con el ejemplo, para que la justicia incluyente sea el sustrato común para afirmarnos indudablemente iguales, no en el sufrimiento, en la vida.

Marcho en Madrid o en la Ciudad de México o en Guadalajara o en Chilpancingo, honestamente indignado, con el recto interés puesto en que mi acción abone al ya basta unitario para que, en ningún lugar del país, la porción del Estado que dosifica la violencia a su antojo y conveniencia pueda volverse arteramente contra sus miembros indefensos (la inmensa mayoría). Ya no nos reconocemos en principios éticos, filosóficos, y el único anhelo que sí es colectivo es el de sobrevivir; sobrevivencia que tiene sus advocaciones en imperativos inoculados por artificiosa repetición: productividad, consumo, amaestramiento (léase educación), participación acotada, desmemoria, yo. Sólo eventualmente respondemos como conjunto, por ejemplo ante la muerte súbita e incomprensible que irrumpe entre algunos y que sacude lo comunitario de las conciencias.

Marcho y recorro el espectro de los estados de ánimo. Gozo al ver que somos muchos y muchas. Me hierve la sangre ante las consignas y mi enojo es real: si pudiera tomaría las armas. Un dejo de orgullo asoma cuando ante el pasar del contingente, los mirones guardan silencio y parecen decir: qué bueno que protestas, gracias. Llego a la concentración y experimento la pena y la tristeza que aflige a los padres, a las madres de Ayotzinapa por sus desaparecidos, por sus muertos.

La marcha se disuelve. La vida me (nos) reclama, ésa que es imposible compartir con aquellos cuyo drama nos echó, manifestantes, a las calles: las obligaciones, los compromisos, la familia, las alegrías, las deudas, el trabajo, el patrón. Mientras, en el remoto sur, en el cercano centro y en el próximo norte, a millones, de una en una, de uno en uno, los reclama la cuota incompartible de sus vidas: persecución, exacciones, pobreza de la que asedia secularmente, la diferenciación que no se cancela con el igualitarismo de ocasión: el racismo; delincuentes-gobernantes, delincuentes-delincuentes, delincuentes-empresarios de los que proliferan en los ambientes que ni marchando un millón de veces podríamos enteramente asumir.

La marchante comunidad efímera se resigna: la vida sigue. La historia nos ha enseñado poco: lo que sigue, siempre, imparable, es la muerte de los que ni la deben ni la temen, campea a sus anchas en el remedo de sociedad justa que la fallida democracia, los fallidos gobiernos, el fallido modelo económico, que los fallidos partidos, que la policía y los jueces fallidos nos impusieron a cambio de otorgarnos la gracia de marchar y transfigurarnos, por un rato.

 

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