La naturaleza de las cosas

Ir de una normalidad a otra deja una sensación dual, la de que todo cambia, la de que todo permanece. Hace no tanto los noticieros tenían en muy alta estima darnos a conocer, como dato central para nuestra vida, el nivel veleidoso de la Bolsa de Valores, sólo para que nosotros exclamáramos, sentados en una sala comprada a plazos, a su vez puesta en una casa adquirida con un crédito del Infonavit: ¡la Bolsa en su cotización más baja de los últimos quince días!, hoy esa información no se usa ni de relleno y los martes o los jueves negros por venir ya no asustan a nadie. Nicho similar se reservaba cada año para los encendidos debates en la Cámara de diputados, cuando los legisladores debatían sobre el calibre del déficit en el presupuesto federal, entre fijarlo en uno por ciento o dos punto cinco se les iba la ideología; la izquierda clamaba por uno alto, la derecha exigía prudencia e invocaba al esperpento de la inflación; entonces bastaba que alguien dijera inflación, para producirnos taquicardia. (Nota marginal, en aquellos tiempos, los senadores eran un adorno, tal como hoy, sólo que no declaraban tanto a los medios, ni la calidad revisora de su Cámara era importante; eran señores y señoras circunspectos, cuyo trabajo al perecer era lucir circunspectos). En una era previa, la economía del país padecía la amenaza tenaz de los sacadólares; clan de ricos que ante la mínima señal adversa para la estabilidad de la nación mandaban su dinero verde más allá de la frontera, el pueblo les adjudicaba un sitio junto al demonio. Poco después esos malos mexicanos no asustaban a nadie, le cedieron el lugar a los capitales golondrinos; variación de plaga bíblica, metafóricamente alada, que iba a su antojo e interés de patria en patria, salaba economías y se llevaba en el pico los recursos que pudiera; parvada maligna, dejaba a su paso carestía, pasivos y devaluación del peso. La deuda externa fue otro de los tópicos que aproximó a la masa a los arcanos de la economía, durante dos años fue real la posibilidad de que los países que más debían pasarán de estar en la hoguera a ser los verdugos, si dejaban de pagar, como pedían sobre todo Fidel Castro y Alan García; el sistema bancario mundial habría colapsado… bueno, esa era la tesis que nos hacía sentir poderosos, pero no hubo consenso, es decir, no para que dejáramos de servir a la deuda externa, aunque sí otro, que se llamó de Washington, diez mandamientos que las naciones ansiosas por participar en el concierto mundial del comercio debían obedecer, aunque su tributo fueran la pobreza, desigualdad y la exclusión oficializadas.

La consecuencia fue esta normalidad que nos aqueja, la que podemos expresar más o menos así: más vale una disciplina religiosa hacia el modelo económico y para las leyes de la oferta y la demanda que no reconocen límites geopolíticos o estructuras sociales, que comportarse anómalamente, es decir como república igual para todos sus habitantes. Y para que no resulte tan evidentemente violento, tornamos cotidianos los programas de cosmética para la pobreza, les adjudicamos una técnica, su respectiva burocracia y clichés discursivos. Hoy lo más normal es que unos pocos tengan casi todo, que muchos estudien y trabajen uncidos al espejismo del ascenso social que representa el consumo de bienes y conceptos, y que los más vivan pobres y estáticos. Esta normalidad económica (con su exiguo sustrato ético y con la servidumbre que le prestan el sistema político, los medios de comunicación y la corrupción) consiguió ponernos de rodillas en el entorno de crimen que también busca su dosis de normalidad: según el Inegi, 72.3% de los mexicanos mayores de edad se percibe inseguro. La debacle que exhibe semejante cifra no la propiciaron nomás las balas o el comercio de las drogas, germinó al momento en que nos habituamos a una economía que no sirve a la gente, sino a las cifras abstractas y a un puñado de individuos concretos que normalmente no pasan de mil.