No es lo mismo 27 que 62

En Estados Unidos numeran a sus presidentes y memorizan la lista en las escuelas, acto que lleva implícito la idea de continuidad. Con este mecanismo, también de identidad, los estadunidenses se las ingenian para que mandatarios dados a la guerra, racistas, favorecedores del esclavismo y la colonización, sean equiparables con los pacifistas, respetuosos de la libre determinación de los pueblos y de los derechos humanos, cada uno, afirman, ha aportado para que su país sea lo que es.

Hoy es un el aniversario 143 de la muerte de Benito Juárez. Qué significa Juárez, ¿nostalgia, identidad, ejemplo? Su imagen para el público en general es difusa, gracias a los desarreglos sociales que produce la política entendida como potestad por sobre todas las cosas, por supuesto sobre la historia y las conciencias, es decir, la política que acá se ejerce, con lo que algunas nociones comunes oscilan al imperio de los ciclos sexenales, y quedan a merced de los medios masivos de comunicación, para los que la historia que vale es la de ayer y los personajes que merecen atención son los de la coyuntura cotidiana, inane y desechable.

Si seguimos el modelo estadunidense y asignamos a Benito Juárez un número, el 27, y Enrique Peña Nieto otro, el 62 (ni las listas a la mano coinciden en la cantidad de presidentes), México nos interpela desde esta simplificación brutal e injusta, adición de manzanas jugosas y afines con peras podridas y dañinas: ¿existe un continuo en el concepto presidente? El contraste entre el 27 y el 62 lo niega. Al citar a Juárez no sólo consideramos al que da nombre a calles y está fijo en monumentos, incluimos a su tiempo, a sus allegados y a sus adversarios, no pocos dignos de ser celebrados, por mencionar a uno: Miguel Miramón. Peña Nieto y Fox y Díaz Ordaz y Miguel Alemán no alcanzan a representar un mínimo del total, más bien son una anomalía; como cualquier político vigente, se asumen amos de las virtudes y de los conocimientos, de ahí su afán más intenso: disminuir a sus cercanos y reducir a sus antagonistas, años atrás por eliminación directa, ahora por volverlos invisibles o desprestigiarlos gracias a los medios, siempre dispuestos a insinuar que no hay más señor, ni hubo, que el señor Presidente en turno, por eso del debate público sobresalen los aspavientos hueros, no la confrontación de ideas o de proyectos diversos de sociedad.

Victoriano Salado Álvarez (1867-1931) publicó Dos episodios juaristas (FCE). En uno de ellos dice que “Juárez era cuidadosísimo con su persona”, sin importar donde estuviera, antes que nada se bañaba, lo que no era común en la época. Un día, en su llevar al país a cuestas llegó a Veracruz y atenido a su hábito dio en la “azotehuela” y “pidió a una negra que por ahí miró” le diera agua, “la mujerona, al ver un hombrecillo de mala traza, de tez cobriza, de aspecto humilde y maneras corteses, se figuró topaba con un individuo de la más ínfima servidumbre. —¡Vaya —le dijo—, un indio manducón que parece el improsulto! Si quiere agua, vaya y búsquela. Juárez oyó impasible aquella letanía, y como se lo indicaba la negra, fue a buscar el agua que no tardó en encontrar.” Unas horas después, la mujer, la llamaban Petrona, quiso saber quién era el presidente. Cuenta don Victoriano que ante cada caballero alto, guapo y bien presentado la negra hacía reverencia; luego se dio cuenta de a quien había regañado y ella misma se insultó a viva voz, los presentes se preguntaron qué pasaba y “Juárez refirió, riendo, la anécdota, que sirvió para que distinguiera y favoreciera a la negrita andando el tiempo.” Hoy el 62 parece haber aprendido la lección que dio aquel día el 27: lo primero, lo único para gobernar es que cualquier Petrona sepa, por la facha, quien es el presidente. El continuo quebrado por la distancia de 35 números que hay entre ambos fue el del aprecio superior por las cualidades intelectuales y éticas, la actualidad es elocuente: están en un plano secundario. 

 

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