El mercado fénix

El mercado Corona era un espacio público vital, en él sucedían todo tipo de intercambios, mercantiles, sociales, culturales. Podía uno comprar verdura y fruta a precios más bajos; quitarse el hambre de manera contundente; curar al espíritu aquejado de amores o de mal de ojo o de mala suerte; adornar las fiestas, bodas, quince años, bautizos; mercar las flores del perdón o las que conseguirían el anhelado sí; vestirse y enjoyarse con las prendas de novedá, dígame patrón, qué le muestro; o nomás echarse un taco de vista y salivar ante los trozos de panal de abeja embarrados de escurriente oro líquido. Si alguien quiere teorizar sobre la función de los mercados en el siglo XXI y sobre el sentido y uso del espacio público, la vida del Corona era muestra pura y palpitante, y también constancia de la duración de los modos seculares de una ciudad.

Era el nodo central de un tejido muy intrincado: su influencia se transmitía de negocio en negocio, de parroquiano en parroquiano y aun a través de quienes solamente pasaban por ahí. Hasta donde su fuerza de gravedad alcanzaba, tenía en su órbita una microeconomía y un marco legal y laboral específicos que se ejercieron y legislaron por décadas, día a día, y que embonaban bien con otros cuerpos sociales circundantes con los que mantenía un equilibrio muy delicado. El incendio se tragó no únicamente cosas, también esa red en la que ya estaban muy bien determinados sitios, privilegios, sumisiones, prestigios, roles y expectativas de algunos miles de tapatíos; la urgencia de los habitantes del planeta Corona por mantenerse unidos y cercanos al espacio físico conocido, tiene que ver con su necesidad de sentir que esa su red aún puede ser rescatada para que sus vidas individuales y la comunitaria no dejen de ser.

Cuando se plantea reconstruir el mercado, ¿a qué se refieren? Cuando proponen repensarlo junto con el predio que ocupa, ¿nomás incluirán en su reflexión los ladrillos, al cemento, al flujo de dinero ya ciertas nociones “actuales” del uso del espacio público? Aunque el daño esté hecho (imposible posible volver social y arquitectónicamente al estado previo) no es aconsejable desestimar la historia del mercado, su papel en la ciudad y la biografía de sus locatarios; pero tampoco es aconsejable que la obligatoriedad de la amplitud de las consideraciones consuma mucho tiempo, la indecisión sobre el futuro cercano y lejano del mercado y su gente sólo acarreará encono, enfrentamientos y luego, ya sabemos, ganancia para los abusivos, ya se respira en el ambiente la inminencia del agandaye.

Estas consideraciones permiten suponer que no es descabellado variar el signo de luto que para el presidente municipal Ramiro Hernández representó el incendio. La primera reacción fue compadecerse de él: lo único que le faltaba a una gestión marcada por el conflicto y el silencio autoimpuesto por la disciplina política. Sin embargo, por la magnitud simbólica del mercado Corona, por el impacto metropolitano que tendrá la decisión que se tome sobre él, puede ser el golpe de timón que dé su gobierno para dejar una huella positiva, histórica; porque el desarrollo urbano de Guadalajara requiere que alguien ponga la muestra, con hechos, del camino a seguir. Sólo de imaginar la cantidad de acomedidos que deben estar susurrándole al oído dan escalofríos: un supermercado, un centro comercial, departamentos para densificar al Centro, un parque, uso mixto, o sea: ahora es cuando en ese terrenazo que nos mandó el destino.

Aunque conviene ir por partes, suficientemente histórico será el procedimiento con el que se tome la decisión si el alcalde es capaz de hacer una convocatoria dilatada y plural, con los locatarios a su derecha, para deliberar en público lo que será del mercado Corona y su zona de influencia, que no haya ciudadano que no sepa lo que se proponga, se discuta y se decida, entonces, sólo así, Guadalajara estará en vías de atender eficazmente este problema y la multitud de otros que sufre.

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