La memoria y el germen de futuro

El jueves anterior se cumplieron seis meses de la desaparición de 43 estudiantes de la Normal Rural “Isidro Burgos”, en Guerrero. El jueves anterior se cumplió medio año de que el gobierno de Enrique Peña Nieto entró en una turbulencia severa por su poca capacidad para conducir una nave que pierde vuelo y altura, y cuya tripulación no da color. El jueves anterior se cumplieron veinticuatro semanas de que los mexicanos supimos de primera mano que las instituciones se confabulan para dañar a los ciudadanos, el drama en Ayotzinapa puso el sello con el escudo nacional a problemas y sospechas añejos: el presidente municipal de Iguala dio la orden de matar a los jóvenes y de ahí, de la policía local, del estado y federal, pasando por el gobernador y el Ejército, no hubo un elemento, un funcionario, que se pusiera del lado de los inocentes ante un crimen que a lo largo de ese día 26 se perpetró notoria y despaciosamente.

El jueves anterior se cumplieron seis meses de que la democracia que nos vendieron como buena aceleró su proceso de descomposición: huele mal, sabe mal y produce dolores súbitos que el sistema busca curar con placebos: mercadotecnia, discursos hueros y legislación como chiqueadores, no curan pero lucen terapéuticos en las sienes del enfermo. El jueves anterior se cumplió la mitad de un año de que al fin quisimos al notar el hundimiento del Instituto Nacional Electoral, el único vestigio de su otrora magnífica súper estructura son las boletas para sufragar que flotan en el océano de los derechos estériles. El jueves anterior se cumplieron 180 jornadas de que volvimos a constatar que el sistema, y sus regímenes, del signo político que sean, no está a la altura de lo que las y los mexicanos necesitan, no sólo para desarrollarse, sino para cubrir sus necesidades primarias: seguridad y alimentación.

El jueves anterior el cuerpo social acabaló dos estaciones, otoño e invierno, con una sensibilidad extrema hacia dolencias que hace no tanto eran parte de la rutina mansamente asumida, del qué le vamos a hacer: los sueldos de la élite de la burocracia de todos los niveles de gobierno, de los tres poderes y de los organismos autónomos; las veleidades y banalidades de los poderosos, que lo son, poderosos, merced a un mandato popular, según dicen, su ser veleidosos y banales es defecto enteramente suyo; el esfumado imperio de la ley; el alejarse los medios de comunicación tradicionales de los intereses de la mayoría, de la verdad y de las causas de la población vulnerable; los partidos políticos para fines personales; la degradación de la calidad de vida en las ciudades, la desigualdad, la imposibilidad de la justicia, todo, todo muerde más que hace seis meses. El jueves anterior cumplió medio año la pregunta: ¿qué son para los gobernantes los ciudadanos, sus necesidades, sus anhelos y sus derechos? La respuesta es la que multiplica las marchas, trunca la confianza y amaga con cancelar las vías institucionales.

Los días 26, desde septiembre de 2014, magnifican el signo del quiebre que se potenció a partir de un sentimiento al que nadie es ajeno: el dolor ingente de 43 madres y padres que perdieron a sus hijos por la brutalidad y corrupción de quienes debían protegerlos. Esas familias necesitan la satisfacción de la verdad, de la justicia, de la compasión y del respeto. El resto está urgido de obtener una certeza: que no se repetirá algo similar; la duda es raíz del encono y del impulso por revolucionar al sistema. Mientras el acceso de la gente a esa seguridad esté vedado por quienes detentan el poder público, por los poderes fácticos y por los criminales, la tensión no disminuirá. Aunque una parte del acceso a aquella, una de las circunstancias elementales de la vida en sociedad, también la inhibimos nosotros al dejarnos llevar por la inercia: de algún modo, en un indefinible punto en el tiempo, alguien, si tenemos suerte, se hará cargo de nuestra responsabilidad: hacer comunidad.

 

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