Qué mala onda

La lectura es uno de esos actos eminentemente personales, así leamos en voz alta, con público, emprendemos un diálogo silente con el texto, con su autor, con nosotros mismos. Escribir es el movimiento inaugural de una sinfonía titulada Polémica, con una nota en la partitura para los intérpretes, quien escribe y quien lee: molto vivace; si esa vivacidad intensa no se cumple cuando leemos, hacemos a un lado el escrito (y gracias a Borges, sin culpa: él sugería hacer eso si el libro no nos atrapaba, al cabo, perdonaba, hay muchos y más de alguno será para nosotros). Intento justificar que en el artículo usaré sin rubor la primera persona del número singular de la gramática.

El 26 de junio, en Indiana, Estados Unidos, murió Gustavo Sainz. La noticia se esparció tarde, el 2 de julio, once días antes de que cumpliera 75 años. No hubo llamado en la primera plana que alertara sobre el suceso, no corrió algún rumor y al pasar la página de MILENIO, en una nota menor, me enteré de que Sainz dejó de estar. Quedé anegado en la certeza de su larga compañía constante y me hice un reclamo, ridículo: no haberlo tenido presente, es decir, en la conciencia, durante tanto tiempo, fue una manera de olvido, del tipo que justificamos con el trabajo, por ejemplo. Me recriminé, solté una risa e hice lo que toca en estos casos, fui al libro con el que me estrené en Sainz: La Princesa del Palacio de Hierro, tengo la primera edición, 1974, cartoné, de Joaquín Mortiz.        

En julio de 1975 llegué a vivir a Guadalajara, más bien me trajeron. Recién cumplo 40 años de ser habitante de la mejor ciudad, a pesar de nosotros, y por estos días no he dejado de tejer y destejer el recuerdo de las originales sensaciones que tuve, su olor, los árboles, sus tormentas y el magnífico talante de sus pobladores para vivir según un tiempo que hoy puedo describir como elegante, atenido a la definición que un tapatío emblemático, Ignacio Díaz Morales, tenía para la elegancia, la supe después: propiedad en el uso; en Guadalajara sabía emplearse el tiempo como en ningún otro sitio. Sin embargo, comenzar mi adolescencia aquí fue difícil, hasta que dos años después Gustavo Sainz llegó al rescate con La Princesa… cuya trama sucede en mi ciudad natal, el DF, y en la que juegan un rol destacado “Las Tapatías”, “flacas flacas pero tenían muy bonita cara”, nativas, escribió Sainz, de “Guadalajara Pues”. Contra lo que es la norma entre sus lectores, no inicié con su novela más celebrada, Gazapo (1965), fue la segunda, seguida de una cuyo solo título era ya una narración perfecta para mí: Obsesivos días circulares (1969). 

Pero no quiero hablar de su obra, más bien destacar el abrupto cambio de época, la soledad distinta que me aqueja porque en Indiana, Gustavo Sainz se murió. Lo parco y tardío de las notas me confrontaron: es un autor importante, yo habría resaltado absolutamente el suceso, porque puso ante el espejo una parte de la vida de muchos, lo hizo con la mía: el país, la sociedad, el lenguaje de Sainz, el de aquellas novelas, era maravilloso, ¿qué somos hoy, qué hemos hecho con todo aquello? ¿Algo mejor? Parece peor, pero hablo desde la pérdida súbita de un faro en la travesía. Una creación de Guadalajara, la FIL, me permitió conocer a Gustavo en 1993, platicamos un rato y me firmó su libro Retablo de inmoderaciones y heresiarcas, merced al cual distinguí cuánto había mutado como lector, es decir, como persona, y entendí, ya casado, con dos hijos, que el protagonista de sus libros nunca fue ese yo acomodaticio que lee, tampoco su circunstancia, sino el lenguaje. Del barroco callejero de la “literatura de la onda”, la de Sainz, al barroco conceptual en el decir del Retablo... el cosmos existe en esa clave, la del lenguaje. Por las palabras yo soy yo, los demás me son humanamente próximos, me pesa la muerte de Sainz y puedo reconstruir un mundo en el que él no sabía que participaba y que, no obstante, ayudaba a decodificar, el de Guadalajara Pues.

 

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