Lumbre de temporal y lumbre perenne

El incendio en La Primavera, el de hace días, abrió una rendija para asomarnos a una forma de hacer en común, ajena a la inercia de muchos años. El humo que primero notaron los guardabosques, seguido del aroma a madera quemada que desde el suroeste abarcó a Guadalajara, convocaron la unión inusitada de servidores públicos de los tres órdenes de gobierno, del Ejército, de la entidad descentralizada que gestiona al macizo forestal y de la sociedad civil y los medios de comunicación; pero lo inusitado no lo establecen los componentes, sino que tal diversidad se ensamblara para resolver un problema concreto. Es práctica extraña a nosotros que la acción de los responsables de algo, desde el gobierno, preceda a los discursos, tan extraña como eso otro que atestiguamos durante el incendio: que cada cual sabía el rol que le tocaba desempeñar y ninguno recurrió al tan visitado: no me corresponde, porque de acuerdo a la ley, etc.

Inusitado también el enojo-indignación-injerencia que de parte de las y los ciudadanos y de los medios de comunicación se puso en marcha ante el peligro que corría el bosque; es una buena señal, al fin vamos en camino de apropiarnos, como sociedad, de un bien natural del que recibimos muchos beneficios y hacia el que tenemos una altísima responsabilidad, mal servida; sin que perdamos de vista, merced al trabajo del OPD “Bosque La Primavera”, responsable de modular y articular el día a día de lo que ahí sucede, que el suelo sobre el que se asienta esa área natural protegida tiene dueños: 16% pertenece al pueblo de Jalisco, el resto es de particulares y ejidos, de ahí que la participación social esté aún en calidad de signo, falta para llegar al estadio soñado que los gobiernos municipales y el del estado actúen para que los intereses de la sociedad (calidad de vida, medio ambiente adecuado) y los de los propietarios (en términos de sus expectativas de usufructo) sean cuidados con justicia. 

Qué necesitamos hacer para que cuando otras alarmas se enciendan, los gobernantes, los ciudadanos y los medios respondan concertadamente y resuelvan el conflicto, el que sea, sin cálculos políticos a priori, sin la disensión que sólo sirve para prefigurar el siguiente pancracio electoral. Un incendio forestal, terrible, promovió buenas actitudes sociales e institucionales tal vez porque fue un fenómeno objetivo respecto al cual cualquiera sabía lo que debía perseguirse: apagarlo, y asimismo desde fuera sabíamos que debía extinguirse rápido y que nos tocaba estar críticamente atentos. Comunión porque el objetivo alcanza a todo el espectro social: conservar el bosque. En cambio, los crímenes, la violencia y la impunidad, ¿cómo apagarlos? Los homicidios, robos, asaltos, las agresiones contra mujeres, jóvenes y niños, y la corrupción, una vez que sueltan su humo, su pestilencia, y los percibimos, es tarde, y la reacción de los responsables suele comenzar por apuntarse unos a otros, continúa con amenazas inocuas a destinatarios imprecisos (todo el peso de la ley, investigaremos a fondo, etc.) y termina por allanarse al correr del tiempo que echa un velo sobre las conflagraciones que al final, salvo a las víctimas, a nadie importan. Volver a humanizar a la sociedad y restaurar el suelo sobre el que es posible fortalecer su trama no es cosa de plantar semillas o plántulas que alguien vende, poner un cerco y esperar la temporada de lluvias; la constancia de los delitos, de la impunidad y la de los violentos que ponen a prueba lo vulnerable de tantas personas asesta un daño que toma generaciones arreglar.

Los encargados de proteger un bosque en llamas saben que detenerse para disputar atribuciones, presupuestos y competencias equivale a dejar que se consuma. Quienes están para garantizar la seguridad pública deben entender que similar fuego agota a una sociedad atravesada por la violencia, aunque ellos no lo sientan en la piel y les parezca que todo, que todos nos mantenemos incombustibles.

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